
Esta misma semana, su Atlético Madrid remontó un resultado muy adverso contra el Brujas de Bélgica para avanzar a los octavos de final de la competitiva y supermillonaria Champions League. Hace 15 días hizo papilla al mismísimo Barcelona: lo goleó 4-0 por la Copa del Rey con un estadio feliz hasta el delirio. Cada tanto logra el milagro y le arrebata campeonatos, copas y coronaciones al Real Madrid y a los mismos catalanes que acaba de triturar, dos de los clubes más poderosos ya no de España ni de Europa, sino del mundo todo. El Cholo Diego Pablo Simeone, arquitecto de todas esas hazañas, capitán del barco que navega los mares más bravíos sin que se le mueva un solo pelo de pestaña, viejo lobo que aúlla y muestra los dientes sin temores ante esos gigantes de colmillos y fauces invencibles, en un momento de su vida tuvo sin embargo su criptonita.
Genio de las estrategias, mago de la táctica, Dios de la motivación, héroe de los sistemas que le permiten hacer frente a las superpotencias, ídolo de las multitudes que siguen soñando con la utópica hazaña de ganarles a los más poderosos, Simeone nunca pudo con su única sombra. Como aquel Superman capaz de hacerles frente a los delincuentes más temibles y a los malvados más salvajes que era invariablemente vencido por una roca de color verde fluor, él también tuvo su bestia negra.
La piedra en el zapato del Cholo tuvo nombre, apellido y un par de apodos. Un solo hombre que hizo lo que a veces no pudieron 11, o más si se suman todos los equipos que cayeron derrotados ante él. Fabián Orlosvsky, He Man o El Bañero. O el muchacho que hizo derrumbar cualquier intento de defensa y contragolpe del tipo más eficaz del planeta en esos menesteres. Así es la vida, ¿verdad?
2008. Un domingo cualquiera. La cancha de Colón es un hervidero. El cuadro Sabalero, muy popular en la ciudad de Santa Fe, en zonas aledañas y en toda la provincia, enfrenta nada más y nada menos que al River dirigido por Simeone, que en su época de futbolista fue un número cinco gladiador y combativo como pocos. Con él en una cancha, cualquier equipo -incluso la selección- transformaba su mediocampo en una barricada o en una trinchera de guerra. El entrenador millonario llega al estadio Brigadier General Estanislao López, que aun no ha sido renovado para la Copa América 2011, bastante cuestionado y en el ojo de la tormenta: un poco por los resultados, que no lo acompañan demasiado, pero sobre todo por una tapa de Paparazzi que ha dejado en evidencia lo que sucede puertas adentro de su casa.
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En las tribunas, miles de personas se agolpan para alentar al cuadro rojinegro. River, por supuesto, no es un rival más. Es uno de los 4 o 5 partidos que se esperan todo el año. El clásico contra Unión, los cruces con los rosarinos Newells y Central, el día que llega Boca. Esas jornadas, la ciudad se estremece y parece latir a otro ritmo. Distinto, frenético, más acelerado. Esa vez, además, hay otro motivo para agruparse y reunirse cerca del alambrado. Llega el Cholo Simeone y la revista de la por entonces imbatible dupla Rial-Ventura ha dado material para molestar al entrenador del oponente.
El jueves, apenas tres días antes de ese partido, la publicación semanal que más ejemplares vendía de este a oeste y de norte a sur de la Argentina había salido con una de las tapas más escandalosas y explosivas de sus 20 años de vida de papel, lo que no es poco decir. La Chola Baldini, una morocha que rajaba la tierra y era “la mujer de toda la vida” de Simeone -tan ligada a él que hasta se le había pegado su apodo- había sido fotografiada in fraganti al lado de un hombre musculoso, rubio, espléndido, esplendoroso y muy muy muuuuuy fachero.
LAS TAPAS DE PAPARAZZI QUE PROVOCARON EL ESCANDALO ENTRE EL CHOLO SIMEONE Y LA CHOLA BALDINI
Estaban en una playa. En San Bernardo, la bonita y querida localidad del popular Partido de la Costa. Pero después llegaron otras fotos en uno de esos paisajes de arenas blancas, palmeras verdes y mar turquesa que entre Dios y la naturaleza le regalaron a México. “La Riviera Maya” se escribía en aquel entonces sin tener demasiadas precisiones de lo que significaban esas tres palabras. Nadie había ido. Nadie conocía. Ni en ese momento ni mucho menos ahora el sueldo de un periodista -redactor en una revista, para más datos- alcanzaba para costear viajes en avión a ese paraíso en la tierra. A ese ni a otros, para seguir siendo sinceros.
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En México hay mariachis, tacos, chile, picantes, tradición azteca, ruinas mayas, ciudades de las más pobladas del mundo (El Distrito Federal), otras que guardan la historia tapatía (Guadalajara) y otras que crecen y crecen y no paran de crecer al compás de una economía que consume como pocas en el planeta (Monterrey, capital de la zona regiomontana) y también playas de ensueño. De tanto repetir su nombre, el Chavo popularizó Acapulco. ¿A quién no le dieron ganas de ir allá por los 80 o 90? Después aparecieron otras: Playa El Caremen, Tulum, Costa Mujeres, Cancún. Las últimas son las de la famosa “Riviera Maya”. Ahí estaban La Chola y He Man. O el Bañero.
Las fotos tenían una particularidad que las volvió únicas: “hablaban” sin mostrar demasiado. Es decir, no había besos pero sí gestos, no había contacto pero sí miradas, no había roce pero sí una actitud tremendamente llamativa. Todo era muy suspicaz. Muy ratonero. Y daba a entender lo que no se veía. Los dos en malla: ella en una tremenda bikini, él en una sunga puntiaguda que invitaba a mirar ahí, sí, justo justo ahí. En pocas palabras: no se veía nada pero eso, curiosamente, gritaba todo. Todo.
Mientras la popular de Colón le grita “Cornudo, cornudo”, Simeone llega finalmente al banco de suplentes, que da contra la platea oficial. La techada. La de los dirigentes y el palco de autoridades. La más pituca dentro de uno de los estadios más populares y sanguíneos del país. Las cámaras del viejo Fútbol de primera (faltaba, aun, para el Fútbol para todos del gobierno K) captan una imagen que quedará grabada y guardada para siempre en la memoria del periodismo más orgullosamente amarillo del país. Y en la del Cholo por supuesto: atrás suyo, los enfervorizados simpatizantes “colonistas” le muestran la tapa de Paparazzi con su mujer de pura charla con el otro.
Por supuesto que todo el mundo habló del affaire. La Chola hizo lo que pudo. Primero, se bancó la mirada machista que en ese tiempo -y quizás aun lo hace- le daba cierta libertad de maniobra al hombre pero era mucho más rigurosa e inquisidora con las mujeres. “¿Se fue a ver al otro?”, “¿Y dejó a los chicos?”, “¿Viajó sola?” y cosas por el estilo (casi lo mismo que se diría ahora, ¿No?) fueron las imputaciones con las que debió lidiar. Después intentó una negativa, pero no había manera de tapar el sol con las manos. Mucho menos estando en la playa.
EL FINAL DE LA PAREJA MAS TOP QUE RECUERDE EL FUTBOL: EL CHOLO SIMEONE Y LA CHOLA BALDINI
Para colmo, después hubo más fotos. En Río de Janeiro, la capital mundial de la diversión, y también en el Caribe. En todos lados habían dejado huellas, rastros que una y otra vez fueron publicados por Paparazzi en tapas que hicieron que el flash de ventas se disparara a niveles impensados. Pero el Cholo ya no tuvo que soportar más burlas ni cantitos sarcásticos. Una oferta para ir al viejo continente lo rescató del calvario en el que se estaba transformando la Argentina para él. Viajó solo.
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Diego Pablo “El Cholo” Simeone: tiene 55 años y sigue siendo técnico del Atlético Madrid. Después de las fotos a repetición y del escarnio público, se separó de la Chola. Al tiempo oficializó su romance con la joven Carla Pereyra, con quien tuvo dos hijos más. No ha vuelto a la cancha de Colón ni a dirigir en la Argentina.
Carolina La Chola Baldini: tiene 50 años y después de todo lo que pasó se le animó al Bailando, donde Marcelo Tinelli le cortó la pollerita. Su relación con El Bañero naufragó sin que nadie pudiera rescatarla. Se alejó de los medios y solo volvió a ellos para hablar del devenir amoroso de los tres hijos que tiene con el Cholo. Hace un tiempo blanqueó su romance con Pablo Pereyra, un argentino muy aventurero que vive en Noruega. Van y vienen, en el buen sentido de la frase.
Fabián “He Man” Orlovsky: dio alguna que otra nota pero nunca dijo nada interesante ni muy picante, y se evaporó de la consdieración pública como los churreros y los vendedores de choclo o bijouterie después del 15 de marzo. Nunca se supo más nada de él. Duró en el candelero lo que dura la espuma en la orilla del mar. Pero quien le quita lo bail… lo chapoteado.
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