
Salió caminando del hotel Grand Tikal Futura a las cinco de la mañana. La ciudad de Guatemala todavía estaba a oscuras. Vestía jeans y campera de cuero, como siempre. Llevaba una pequeña valija en sus manos. Lo acompañaba su representante, David Llanos. Ya habían pasado dos días desde el último concierto y debían seguir hacia un nuevo destino. Habían planeado tomar el colectivo, como cualquier vecino. El 9 de julio de 2011 recién comenzaba.
Fue entonces cuando apareció en escena Henry Fariñas, el empresario nicaragüense que lo había contratado. Estacionó su imponente Range Rover blanca en la puerta del hotel y le ofreció llevarlo hasta el aeropuerto La Aurora.
Facundo Cabral, de 74 años, aceptó y se sentó en el asiento del acompañante. Llanos abordó un Chevrolet Tahoe en el que viajaban los guardaespaldas de Fariñas.
Apenas unos minutos después, mientras circulaban por el Bulevar Liberación, una camioneta Hyundai les obstruyó el camino. Prácticamente al mismo tiempo, como en una coreografía bien ensayada, aparecieron dos camionetas Toyota que se pusieron a la par de la Range Rover. Desde ellas, sin previo aviso, comenzaron a disparar sobre el vehículo en el que viajaba Cabral.
Los peritos de la policía guatemalteca identificaron luego balas de fusiles AK-47 y proyectiles 9 milímetros.
La Range Rover blanca recibió 25 impactos. Otros 8 dieron sobre el cuerpo del cantante argentino.
El empresario Fariñas resultó gravemente herido, pero logró conducir hasta una estación de bomberos cercana en busca de auxilio.
Allí comprobaron que Facundo Cabral había muerto.
La noticia pronto dio la vuelta al mundo. ¿Quién querría matar al autor de “No soy de aquí ni soy de allá”? Sin embargo, con el paso de las horas, la investigación dio un giro inquietante: “el mensajero de la paz” se había sentado al lado del hombre equivocado.
El último concierto
Dos noches antes del crimen, sin saberlo, Cabral dio su último concierto en el Teatro Roma de Quetzaltenango. El 7 de julio de 2011 cantó, contó anécdotas y habló, como solía hacerlo, de la vida, de la muerte, de Dios y de la libertad.
La función cerró con “No soy de aquí ni soy de allá”, la canción que más lo definía. Nadie podía saberlo entonces, pero esa sería su última interpretación pública. Después de su asesinato, aquel recital quedó envuelto en una emoción distinta: la de una despedida involuntaria.
El verdadero blanco
Cuando el crimen empezó a investigarse, la hipótesis que apareció casi de inmediato fue que Cabral no había sido el blanco de la emboscada. El ataque estaba dirigido a Henry Fariñas, el empresario que esa madrugada manejaba la Range Rover blanca y que sobrevivió al atentado. Cabral, según esa línea, murió por estar sentado junto al verdadero objetivo de los sicarios.
El nombre que apareció detrás del ataque fue el de Alejandro Jiménez González, alias “El Palidejo”, un costarricense vinculado al crimen organizado en Centroamérica. Para los investigadores y la Justicia guatemalteca, él había ordenado matar a Fariñas. El móvil, según la Fiscalía, estaba atado a una disputa por dinero y drogas: Fariñas trasladaba droga para redes criminales, habría robado un cargamento y “El Palidejo” decidió vengarse.
Catorce meses después del asesinato, Fariñas fue condenado en Nicaragua por tráfico internacional de drogas y lavado de dinero. Esa condena terminó de mostrar que el hombre que había ofrecido llevar a Cabral al aeropuerto no era solo un empresario de espectáculos, sino que también formaba parte de una red criminal que excedía al cantante.
En 2016, cinco años después del crimen, la Justicia guatemalteca condenó a los responsables. “El Palidejo” fue señalado como autor intelectual de la emboscada, mientras que otros cuatro hombres fueron condenados como autores materiales. El Ministerio Público de Guatemala informó que Jiménez González recibió 30 años de prisión por asesinato y 20 años por asesinato en grado de tentativa.
Poco antes de su muerte, a fines 2010, Cabral se había casado con Silvia Pousa, una psiquiatra venezolana con quien mantenía un vínculo de muchos años. Quienes lo conocían decían que no era un matrimonio convencional, sino una forma de reconocer una historia de amor y amistad. Después de su asesinato, Pousa fue quien recibió sus restos en Buenos Aires y, con los años, ayudó a preservar su obra a través de la fundación que lleva su nombre.
El hombre que no era de aquí ni de allá
El documento nacional de identidad de Facundo Cabral (nacido Rodolfo Enrique Cabral Camiña) dice que nació en La Plata el 22 de mayo de 1937, aunque él mismo solía contar ese dato con humor e imprecisión. En distintas entrevistas contó que su madre lo anotó cuando tenía siete u ocho años y que “creía” que había nacido en 1937 y “hacia fines de mayo”. Tampoco Facundo era su nombre de nacimiento: lo anotaron como Rodolfo, igual que su padre, pero su madre siempre lo llamó Facundo. “En esa época los nombres de los caudillos como Facundo Quiroga estaban prohibidos”, aclaró.
Fue el menor de siete hermanos, creció entre la pobreza, traslados y la ausencia paterna. No tuvo una infancia ordenada. Su madre, Sara, fue la figura central de su vida. Una mujer dura, que no se quejaba y que, según él, le enseñó a hacer lo máximo con lo poco que había.
“Con los años me fui dando cuenta qué parecido que soy a mi madre. Para mi madre la queja era imperdonable. No era de hombre, digamos. De hecho, consecuente con esa filosofía, su madre no se quejó cuando la abandonó su marido”, contó el cantante.
De chico no hablaba. Hasta llegaron a creer que era mudo o que tenía algún problema intelectual. “Los médicos le dijeron a mi madre que no se hiciera muchas expectativas porque iba a ser muy difícil que alguna vez su hijo pudiera hacer un trabajo intelectual o responsable. Tengo muy presente la respuesta de mi madre: ‘No importa, con lo que haya vamos a hacer lo máximo’“, contó Cabral.
Vivió en la calle, trabajó en lo que pudo, pasó por correccionales y aprendió a leer en una biblioteca gracias a un jesuita. Encontró en los libros, en la Biblia, en los filósofos y en los cantores populares una forma de ordenar su mundo. De ahí salió ese personaje tan suyo: una mezcla de trovador, cantante y filosofo.
Pese a su éxito internacional, no fue un hombre de grandes posesiones ni rutinas. En sus últimos años vivía entre hoteles y giras. En Buenos Aires había comprado una habitación en el Suipacha Suites, la única propiedad que decía tener sobre la Tierra.
Pero el hombre que hablaba de la libertad y el amor, también cargaba con el dolor de la tragedia. En 1978, durante un exilio voluntario en México para alejarse de la dictadura militar, perdió a su esposa Bárbara y su hija de un año en un accidente de avión.
La tragedia lo hundió durante mucho tiempo. Bajó 30 kilos, olvidó los idiomas que hablaba y perdió parcialmente la vista. En esos años buscó refugio en la espiritualidad y se acercó al pensador indio Jiddu Krishnamurti. De ese duelo salió una de las frases que más repetiría después: “La vida no te quita cosas; te libera de cosas”. Como otras veces en su vida, transformó el dolor en canción y en una forma de seguir andando.
En 1996, la UNESCO lo declaró “Mensajero Mundial de la Paz”. La definición parecía hecha para él: un hombre que convirtió su historia en enseñanza, su dolor en canción y sus viajes en una forma de predicar la libertad.
