Argentina vuelve a estar entre los cuatro mejores, pero necesita recuperar su mejor versión

Argentina vuelve a estar entre los cuatro mejores, pero necesita recuperar su mejor versión
Argentina vuelve a estar entre los cuatro mejores, pero necesita recuperar su mejor versión

Por Mauro Yasprizza.

La Selección volvió a meterse en una semifinal del Mundial y confirmó la vigencia de un ciclo que ya es extraordinario. Sin embargo, el equipo sigue mostrando aspectos que deberá corregir si pretende volver a jugar una final.

Hay logros que, de tanto repetirse, corren el riesgo de parecer normales. Y no lo son.

Que Argentina vuelva a instalarse entre las cuatro mejores selecciones del mundo es una prueba de continuidad, de trabajo y de una competitividad poco frecuente. En un fútbol cada vez más parejo, sostener un proyecto ganador durante tantos años es una excepción. Los ciclos suelen desgastarse, los rivales encuentran respuestas y las renovaciones no siempre ofrecen las mismas garantías. Sin embargo, esta Selección sigue compitiendo en la élite.

Ese recorrido, por sí solo, merece ser valorado.

Pero reconocer la dimensión de este proceso no implica dejar de analizar lo que ocurre dentro de la cancha. Porque Argentina volvió a ganar, aunque otra vez dejó señales que invitan a la reflexión.

Después de ponerse en ventaja frente a Suiza, el partido parecía ofrecer el escenario ideal para controlar la pelota, administrar los tiempos y hacer valer la calidad técnica de sus futbolistas. Sin embargo, ocurrió lo contrario. El equipo retrocedió, cedió la iniciativa y permitió que el rival creciera. El encuentro volvió a jugarse demasiado cerca del arco argentino.

No fue un episodio aislado. Ya había sucedido en el partido anterior y empieza a convertirse en una conducta repetida.

Llama la atención porque la mayor fortaleza de esta Selección nunca fue resistir. Su mejor versión aparece cuando domina el balón, instala el juego en campo rival y obliga al adversario a correr detrás de la pelota. Allí potencia a sus mejores futbolistas y reduce considerablemente los riesgos.

Cuando renuncia a esa identidad, el margen de error se achica y los partidos se vuelven más abiertos de lo necesario.

Aun así, este equipo conserva una virtud que distingue a los grandes campeones. Cuando el funcionamiento colectivo pierde claridad, siempre aparece un futbolista capaz de resolver lo que el juego no consigue. Una acción individual, una decisión acertada o un momento de inspiración alcanza para cambiar el destino de un encuentro.

A esa jerarquía individual se suma una fortaleza mental construida a lo largo de los años. Argentina sabe convivir con la presión, mantiene la calma en los momentos críticos y rara vez pierde el equilibrio emocional. Esa personalidad explica buena parte de este nuevo paso entre los cuatro mejores del mundo.

Ahora aparece Inglaterra en el horizonte.

La historia inevitablemente ocupará buena parte de la previa. El peso simbólico de este enfrentamiento forma parte del ADN del fútbol argentino. Pero las semifinales no se ganan con recuerdos. Se ganan interpretando el partido, imponiendo las propias virtudes y aprovechando las debilidades del rival.

Argentina tiene argumentos para ilusionarse. Los resultados sostienen esa confianza y su carácter competitivo está fuera de discusión. Sin embargo, también queda una enseñanza de los últimos partidos: cuanto más se aleja de su identidad futbolística, más sufre.

La semifinal exigirá recuperar el control del juego, asumir nuevamente el protagonismo y confiar en aquello que convirtió a esta Selección en una referencia mundial. Porque el carácter alcanza para sostenerse. Pero, a esta altura del torneo, el buen juego puede ser el detalle que marque la diferencia entre quedarse a un paso o volver a disputar la Copa del Mundo.