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Por Mauro Yasprizza.
La Selección utilizará la indumentaria alternativa en la semifinal del Mundial 2026. No será una camiseta más. Es la misma que quedó unida para siempre al legado de Diego Maradona, al Mundial de México 1986 y a un enfrentamiento que, para los argentinos, nunca pudo desprenderse del recuerdo de la Guerra de Malvinas.
Hay camisetas que identifican a un equipo.
Y hay otras que terminan identificando una época.
Cuando la Selección argentina salga a jugar este miércoles la semifinal del Mundial 2026 frente a Inglaterra, en Atlanta, no vestirá la tradicional celeste y blanca. Lo hará con la camiseta azul, un uniforme que con el paso del tiempo dejó de ser una simple alternativa para convertirse en uno de los símbolos más poderosos de la historia del fútbol argentino.
La confirmación de la FIFA despertó inmediatamente una asociación inevitable. Cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra con esa camiseta, la memoria viaja casi cuarenta años hacia atrás.
Viaja al estadio Azteca.
Viaja a Diego Armando Maradona.
Y viaja, también, a una historia mucho más profunda que un partido de fútbol.
Cuatro años antes de aquel Mundial de México, Argentina e Inglaterra habían protagonizado la Guerra de Malvinas. El conflicto bélico de 1982 dejó cientos de muertos, miles de familias atravesadas por el dolor y una marca que continúa presente en la memoria colectiva de los argentinos. El fútbol nunca fue una revancha de aquella guerra ni puede confundirse con ella. Pero tampoco logró escapar a la carga emocional que acompañó cada enfrentamiento entre ambos países desde entonces.
Por eso, aquel 22 de junio de 1986 terminó ocupando un lugar único.
Argentina derrotó 2-1 a Inglaterra en los cuartos de final. Maradona convirtió primero el gol conocido como la “Mano de Dios” y, apenas unos minutos más tarde, escribió una de las obras más extraordinarias que produjo este deporte: el “Gol del Siglo”. La camiseta azul quedó congelada para siempre en esas imágenes. Desde entonces dejó de ser una prenda de recambio para transformarse en un emblema.
Doce años después, volvió a aparecer frente al mismo rival. En Francia 1998, el seleccionado dirigido por Daniel Passarella eliminó a Inglaterra en la definición por penales después de empatar 2-2. Carlos Roa fue el héroe de aquella noche y la camiseta volvió a sumar otro capítulo feliz.
No todos los antecedentes fueron favorables. En 1966, Argentina cayó 1-0 en un partido que quedó marcado por la expulsión de Antonio Rattín, histórico capitán de la Selección, fallecido recientemente, en una de las decisiones arbitrales más controvertidas que recuerdan los Mundiales. En Corea-Japón 2002, Inglaterra volvió a imponerse por 1-0 con un penal convertido por David Beckham.
El partido del miércoles será el quinto cruce mundialista entre ambos seleccionados y el primero en 24 años. También será la primera vez que Lionel Messi dispute un encuentro oficial frente a Inglaterra con la Selección mayor. A los 39 años, el capitán volverá a jugar una semifinal del mundo llevando sobre los hombros una camiseta que carga con parte de la historia del fútbol argentino.
No existen las camisetas milagrosas.
Los partidos se ganan jugando.
Los Mundiales no entienden de supersticiones.
Pero el fútbol también vive de sus símbolos.
Y pocos símbolos pesan tanto como esa camiseta azul.
Porque hay colores que representan un uniforme.
Y hay otros que representan un recuerdo.
Cuando Argentina cruce la mitad de la cancha vestida de azul, millones de argentinos no verán solamente a once futbolistas persiguiendo una pelota. Verán pasar, en un mismo instante, a Maradona escapando entre ingleses, a Rattín caminando hacia un vestuario que no quería pisar, a los héroes de Malvinas que nunca regresaron y a un país entero aferrado a una de las pocas certezas que todavía conserva el fútbol: que la memoria también sabe jugar los partidos más importantes.
