Fue sólo un partido de fútbol

Fue sólo un partido de fútbol
Fue sólo un partido de fútbol
Somos el país de la grieta. De los enfrentamientos políticos, culturales y religiosos. Donde todo se discute, donde no hay verdades universales y en donde si pensás distinto, sos un enemigo. Somos un territorio dividido, entre Bosteros y Millonarios, entre Porteños y el Interior, entre terratenientes y proletariado, entre radicales y peronistas, entre los que viven del pasado y los que ven un futuro mejor.

Pero en medio de esa separación que hace ver los extremos de manera microscópica, hay dos cuestiones que nos aglomeran. Que no admiten discusión, sobre las que alcanza una mirada para darte un abrazo y en las que nadie se atravería a colocar una objeción. El fútbol es sagrado. Si juega la Selección no se trabaja, se abre más tarde, se postergan tareas. Malvinas también lo es. Y por más que en estos días nos hayan intentanto vender que las nuevas generaciones no pueden involucrarse en esa discusión “porque no la vivieron”, el legado pesa y el dolor nunca cerrará.

Lo que sí se cicatriza es esa grita. ¿Somos el país de la grieta? Somos autodestructivos, pero no conocemos ni nuestros propios límites. Noventa minutos pueden educar mucho más que un foro diplomático. Atlanta fue testigo de un pleito que dificilmente volvamos a presenciar. No fue sólo Argentina contra Inglaterra. Fueron los inventores contra los que mejor lo juegan, fue la elegancia contra el potrero, fue la corona contra el Dios de este deporte, fueron los invasores ante los legítimos dueños. La pelota que reinvindica.

Hay una vida después del fútbol, hay un porvenir luego del silbatazo final, hay un mañana a pesar de las decepciones. Y también hay festejos que nos están esperando. Lo que no hay, es esperanza cuando hunden un barco de manera cobarde en el gélido mar. Ganar o perder es una circunstancia, no te da derecho sobre nada ni sobre nadie. El campo de batalla es sólo para caballeros.

La Selección Nacional le regaló al pueblo una de las tardes más increíbles que se puedan imaginar. Con épica, con mística, con talento, con espíritu, pero por sobre todas las cosas, con unión. No somos el país de la grieta. Somos tan fuerte como el puño que levantamos en señal de victoria.

Vamos a la par como Lionel y Diego, nos combinamos como el celeste y blanco, nos abrazamos como el cielo y el sol, y nos miramos con respeto como Soledad y Gran Malvina. En ese suelo sagrado en donde también están los nuestros y donde siempre retumbará la Mano de Dios, el Gol de Siglo, el sablazo de Enzo y el cabezazo del Toro.