La odisea de la derrota

La odisea de la derrota
La odisea de la derrota

En todo el globo se despidió el Mundial el día de la final y los vencedores, el día después. Solo en la tierra de los derrotados persiste la amargura, que algunos se ocuparon de elevar al grado de conspiración planetaria. Pero apareció Odiseo para recordarnos qué les pasa a los héroes que no aceptan los límites de la derrota.

La recreación de La Odisea que propone Christopher Nolan aparece en un mundo dividido por guerras religiosas y polarización política (fuera de la película, hoy se suma un campeonato de fútbol que se convirtió en el epítome de una época donde parece que solo hay que saltar al ritmo de la propia hinchada).

Ni el bonachón de Matt Damon consigue moderar la naturaleza pendenciera de Odiseo, altanero al punto de sacrificar a los suyos y engañar a sus aliados para salirse con la suya. Soberbio como para desafiar las profecías de los sabios y los designios de los dioses una y otra vez

La narración de Homero ya había sido cantada por generaciones antes de convertirse en literatura universal. Que siga resonando en el sustantivo odisea muestra la potencia del arquetipo que encarna el protagonista.

Ni el bonachón de Matt Damon consigue moderar la naturaleza pendenciera de Odiseo, altanero al punto de sacrificar a los suyos y engañar a sus aliados para salirse con la suya. Soberbio como para desafiar las profecías de los sabios y los designios de los dioses una y otra vez.

Si agotan las aventuras que Nolan incluyó en las tres horas de película hay que recordar que son apenas una parte de las trapisondas que cuenta el poema original. Y a tantas referencias al hijo de Ítaca que recopila Robert Graves en su enciclopédico libro Los mitos griegos que lo confirman como un héroe voraz, al que la victoria ensoberbece y la derrota resiente.

El mito homérico reaparece muy oportunamente en tiempos de malos ganadores y peores perdedores. El viaje de Odiseo es el periplo del ego y su omnipotencia, que van por ahí enfrentando monstruos y maleficios de los dioses. Cada uno encarna la trampa que el ego se tiende para no aceptar los límites humanos.

Los lotófagos prometen el olvido para eludir la nostalgia. Las sirenas, la verdad absoluta tan demandada por estos días. Escila y Caribdis encarnan la ilusión de sortear las dificultades sin sufrir pérdidas. La isla de Helios es la impunidad que anima a robar lo ajeno. Calipso es la felicidad sin tiempo pero, claro, también sin conciencia.

La odisea termina cuando deja de luchar contra lo que no controla. Los auténticos vencedores no son los que se aferran al instante de la victoria, sino los que aceptan que nunca se vuelve a casa intacto

El hombre que pensaba desafiar a Poseidón y sus tormentas, regresa en una balsa hecha con los despojos de su espléndida escuadra marina. Odiseo, que arrasó Troya y saqueó cada puerto que tocaba, llega a su tierra desnudo de cualquier dignidad.

La odisea termina cuando deja de luchar contra lo que no controla. Los auténticos vencedores no son los que se aferran al instante de la victoria, sino los que aceptan que nunca se vuelve a casa intacto.

En Troya, en el mar, en las costas en las que desembarca, Odiseo siempre tiene un truco para salirse con la suya. Antes de que dios fuera argentino, parece que estuvo al servicio de Odiseo. Pero aquel griego y los hinchas argentinos descubrieron que los dioses a veces tienen otros designios.

Los griegos no solo tenían un mito para el exceso de ego, sino una palabra que lo nombraba: hybris. Representaba la desmesura del mortal que ignoraba los límites impuestos por los dioses o la naturaleza, y fue reactivada hace poco para hablar del síndrome de ciertos líderes mesiánicos.

Homero y los filósofos epicúreos y escépticos vienen a recordarnos que el remedio para la omnipotencia es la ataraxia, el estado de serenidad ante los golpes de la fortuna. No es pasividad ante las vicisitudes sino en saber abandonar las batallas que no pueden ser ganadas.

La cultura griega persiste en la democracia contemporánea, la filosofía de todas las épocas, el arte y la estética, las competencias deportivas, la mitología que pervive tanto en la psicología como en la astrología. Su potencia no reside en ser un pueblo que no perdió nunca una batalla, sino que más bien perdió unos cuantas. Es más, perdió todos los mundiales de fútbol. Odiseo aprendió que el relato de sus derrotas es lo que lo hizo inmortal.