
Se encienden las luces. Se abre el telón. Y entra ella: Ana María Casanova en su DNI, Moria Casán como la conocen todos los argentinos. Sale al escenario y canta en código de musical:
Moria, yo soy Moria Casán. Todo el mundo me llamará: ¡La One! Moria, yo soy Moria Casán. Pero el mundo a mí me conoce como La One. De algún modo ya no espero nada, si es un burro solo espero una patada. Estoy cansada de que en mi vida se metan, ¡todo el mundo se cuelga de mis tetas! No todo es risa, a mí el drama me empuja. Siempre de frente, cuando hablo nunca miento. Te doy amor, ¡vos dame un departamento! Te advierto que conmigo no te metas, o vas a conocer a esta lengua karateka. Moria, yo soy Moria Casán…
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A mediados de 2015, mientras se destacaba fiel a su estilo en el jurado del Bailando, Moria Casán cantaba su canción titulada La One. No hay mejor manera que presentarla de esta forma. Con arte, con brillo, con glamour, con risas… Y con su propia voz, por supuesto, todo un culto a su yo absoluto.
La Casán es diva. Pero Moria no se preocupa por ocupar esa santísima trinidad de figuras que completan Susana Giménez y Mirtha Legrand. Según la época, ellas la ningunean o la aman, aunque últimamente pareciera que han decidido bajar las guardias y disfrutar de lo que sembraron durante tantos años.
Moria es una diva, aunque ella reniega de ese concepto. No tuvo la suerte de Susana Giménez, que basó gran parte de su glamorosa fama en su belleza, su carisma, sus productores y su dinero. Tampoco la de Mirtha, una laboriosa incansable que construyó su nombre bajo el ala de Daniel Tynaire. Si Susana y Mirtha le deben gran parte de su historia a Hola Susana y Almorzando…, Moria no cuenta con un producto sobre su espalda que la haya acompañado durante tanto tiempo. O sí: ella es su propio producto. Moria es Moria. Y no necesitó a nadie: se empoderó antes de que se conociera la palabra. Y es polémica, como toda diva.
LA INFANCIA IDÍLICA DE MORIA CASÁN
En 2012 decidió publicar un libro con su historia: MeMoria se llamó, y es muy recordada la foto de portada, donde se la veía a Moria totalmente calva. Allí, Moria contó por primera vez un episodio traumático de su infancia, un abuso sexual que sufrió por parte de un familiar muy cercano. La marcó para siempre.
Vayamos al origen, al principio de todo este relato, a la llegada de Moria al mundo. Ana María Casanova nació el 16 de agosto de 1946 a las 9 de la mañana, el Hospital Militar ubicado en el barrio de Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires. Fue la única hija de Rosa Fraga, actriz y ama de casa, y de Juan Casanova, oficial del ejército.
Su mamá le quería poner Moria Elizabeth, pero como no la dejaron terminaron poniéndole Ana María. “Adoré ser hija única. No quería para nada tener hermanos, quería toda la atención para mí. Lo bueno que tuvieron mis padres fue que colocaron bien el amor. No se sobrepasaron ni me exigieron nada de más. Me crie muy independiente, siempre conmigo, pero no invadiéndome. Establecí una cuestión muy lúdica conmigo misma, me dediqué mucho a construirme, a tener mis hermanos de fantasía sola con mi espejo, con mi música”.
“Jugaba mucho con mis amigos, pero también jugaba sola, nunca añoré tener un hermano. Teníamos abono en el Colón, una vez a la semana salía con mi madre, otra con mi padre, y los viernes salíamos los tres juntos. Me acostumbré mucho a estar con ellos y a tener mi libertad. Tuve una infancia muy feliz, no tengo ninguna factura que pasarles a mis padres”.
Moria capitalizó esa soledad para “construirse”, como ella misma le contó alguna vez a Paparazzi, aunque esa circunstancia la llevó a ser “una enferma de los celos”, al punto que “me metía en la cama de mis padres porque no quería que durmieran sin mí”. Se crio en la zona oeste del Gran Buenos Aires, en Ciudadela, más precisamente en José Ingenieros.
Su papá quería un varón. Pero llegó Moria, quien lo describía como un hombre del Interior, medio bohemio, gran nadador, que se inscribió en el Colegio Militar por el dinero: era un ser pragmático, aunque no conservador. También era músico: gracias a él, la Casán es una apasionada del arte.
A pesar de la fiaca que le generaba ir a la escuela —la número 13, en Villa Devoto—, Moria era una excelente alumna. Su infancia “feliz y maravillosa”, como la definió, se terminó con la Primaria que cursó en un colegio mixto.
Por las tardes tomaba clases de piano –después estudió en el conservatorio y actualmente es profesora– y danza. A su padre no le gustaba que Moria estudiara baile. “Así que nos íbamos a escondidas, con mi mamá y mi tía Catalina, a los festivales. Cuando gané por primera vez un concurso de baile mi papá entendió que esa era mi vocación, que me quería dedicar a eso”.
A los 8 años comenzó su relación con los hombres, con su primer novio. Y el episodio lo recuerda la propia Moria, a modo de anécdota. “Fue el primer novio que yo recuerde, y tuvo tirón de orejas y reto en la escuela. Nos llamaron porque nos mandábamos cartitas, nos mirábamos y nos encontrábamos en el recreo. Entonces nos mandaron a la Dirección para ver qué pasaba”.
Cuando en 2012 publicó su ya mencionado libro, Moria recordó con tono literario cómo fueron sus inicios en lo que respecta a fantasías sexuales. “Tuve mis primeros orgasmos frotándome con mi almohada, recordando al hombre que pasaba por la puerta de mi casa y me miraba… Él me bajaba la mirada y yo la sostenía. ¡Un flash!”.
Sin embargo, una de las partes más desgarradores del libro escrito por Moria es en el que cuenta por primera vez haber sido víctima de un abuso sexual. “Mi abuelo abusaba de mí sin penetrarme. Lo hacía todas las tardes, mediante un juego bastante simple y efectivo: yo lo tocaba, él me tocaba a mí. Cuando empezó a hacerlo yo tenía 9 años, y creo recordar que la costumbre se extendió hasta que cumplí los 12. Tres largos años, sí, de una rutina muda, sucia y erotizante que jamás llegó a ser sexo explícito. Porque tengo que admitir que yo lo vivía con una mezcla de placer y rechazo”.
Tiempo después, en una entrevista, se explayó sobre el tema. “Fue una situación de abuso que la pude superar, o no, no sé… Nunca fui a un psicólogo, nunca me victimicé. ¿Por qué no me habría de pasar?”.
LA VERDAD SOBRE EL DEBUT ARTÍSTICO DE MORIA CASÁN
Moria era el alma de cada fiesta, bailaba, cantaba, toca-ba el piano… Era una pequeña artista con un gran futuro. Y tenía el apoyo de su madre, que fue actriz, y de su papá, que era músico. Sin embargo, otras influencias fa-miliares la terminaron convenciendode seguir la carrera universitaria de abogacía. “Era Derecho o Filosofía, y terminé estudiando para ser abogada. A mí se me hacía muy fácil estudiar, porque tengo una memoria privilegiada, toda la vida fue así. Entonces me costó poco la carrera”, recuerda Moria.
Sin embargo, la Facultad de Derecho, esa que hoy mantiene su mística en el barrio de Recoleta, la terminó haciendo descubrir el mundo del teatro. “Un día, un compañero me invitó al teatro Nacional y vimos Cuando a abuelita no era hippie, con Zulma Faiad. ¡Quedé encantada con el teatro de revista! Ahí me vio Carlos Petit, que se sorprendió con mi altura, y me ofreció ir a un casting. Al principio pensé que era un chiste, pero me quedé pensando. Así que fui, dos días después, sin decirle nada a nadie. Esa mañana había dado un examen en la facultad. Tenía curiosidad, había algo que me llamaba la atención de todo eso. Llegué tarde, me puse una ropa que me prestaron, me marcaron unos pasos e hice la prueba. Una vez que terminamos vino Petit y me dijo en la cara una frase que fue la que marcó mi ingreso en el mundo del teatro: ‘Usted debuta esta noche’“.
Mucho de esto se ve en la serie. “Tuve una hora para ir al taller, probarme la ropa, bañarme, peinarme, maquillarme ¡y depilarme! Tuve ardor pero de la depilación, no del pudor. No tuve tiempo de tener ninguna inseguridad, hice un torazo. Fue una entrada muy border, como todo en mi vida”.
Era el final de su vida como estudiante universitaria y el comienzo de su carrera artística. Todo lo que vino después… ya lo estaremos contando.
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