
Las bacterias también se comunican. A través de señales químicas, estos microorganismos pueden detectar la presencia de otros y coordinar distintas acciones. Ese mecanismo, que ocurre a escala microscópica, puede ser determinante tanto para que una bacteria produzca una infección como para que otra favorezca el crecimiento de una planta.
Ese particular sistema de comunicación es estudiado desde hace años por Carlos Nieto Peñalver, doctor en Microbiología, docente de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) e investigador del CONICET.
El científico analiza qué sucede cuando esas señales son bloqueadas, modificadas o potenciadas, con el objetivo de comprender y eventualmente intervenir sobre el comportamiento bacteriano.
Un lenguaje químico entre bacterias
Durante una entrevista realizada en Meta Ciencia en la UNT, Nieto Peñalver explicó que las bacterias utilizan moléculas como señales químicas. Cuando una bacteria detecta una de ellas, puede interpretar que está recibiendo un mensaje de otro microorganismo.
Una de las particularidades de este mecanismo es que las señales pueden generar respuestas importantes incluso cuando se encuentran en concentraciones muy bajas. El investigador las compara con las hormonas humanas: pequeñas cantidades pueden desencadenar cambios significativos.
A partir de este sistema surge una posibilidad de intervención: alterar la manera en que las bacterias se comunican para modificar sus conductas.
La posibilidad de “hackear” la comunicación
Los científicos estudian compuestos químicos similares a las señales naturales de las bacterias, además de enzimas capaces de romper esas moléculas.
De esta manera, buscan interrumpir o modificar los mensajes que reciben los microorganismos. La expresión “hackear” permite describir de manera sencilla esta estrategia: intervenir en el sistema de comunicación bacteriano para conseguir que una bacteria cambie su comportamiento.
El enfoque resulta especialmente interesante en el caso de bacterias patógenas. Algunas necesitan coordinar determinadas funciones para colonizar un organismo y desarrollar una infección. Si esa comunicación puede ser alterada, el microorganismo podría perder parte de su capacidad para provocar enfermedad.
De la medicina a la agricultura
La investigación también cuenta con la colaboración de científicos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se estudian bacterias del género Pseudomonas capaces de provocar enfermedades en seres humanos, particularmente relevantes en pacientes con quemaduras o fibrosis quística.
En Tucumán, en cambio, el trabajo se concentra principalmente en otras especies de Pseudomonas, asociadas a las raíces de las plantas y capaces de favorecer el crecimiento de cultivos como maíz, soja y tomate.
Así, una misma herramienta puede tener aplicaciones diferentes. Frente a una bacteria perjudicial, el objetivo puede ser bloquear su comunicación. En el caso de microorganismos beneficiosos, comprender cómo se comunican puede permitir aprovechar mejor sus propiedades para favorecer la producción agrícola.
En busca de microorganismos en ambientes extremos
El equipo de investigación también trabaja en la búsqueda de nuevos microorganismos capaces de interferir en la comunicación bacteriana.
En ese recorrido encontraron levaduras con esta capacidad en tejidos de caña de azúcar, la Puna y la Antártida. Parte de estas investigaciones se desarrolla en conjunto con el Instituto Antártico Argentino, con la participación de grupos científicos de Italia, Francia y México.
La colaboración con la UNAM surgió a partir del trabajo de la doctora Alejandra Valdés y permitió avanzar junto al investigador Rodolfo García Contreras.
El proyecto, financiado por la Universidad Nacional de Tucumán, también involucra a docentes y becarios, y abre nuevas perspectivas para comprender cómo se comunican los microorganismos y cómo ese conocimiento podría aplicarse tanto en el ámbito de la salud como en la agricultura.
En definitiva, “hackear” la comunicación bacteriana plantea una estrategia innovadora: en lugar de eliminar directamente a las bacterias, intervenir en las señales que utilizan para coordinarse y, de esa manera, modificar su capacidad de producir daño o potenciar sus efectos beneficiosos.
