
El excanciller uruguayo Omar Paganini parece remar a contracorriente. Defensor de la democracia liberal como el mejor sistema de gobierno, y del multilateralismo como el mejor sistema internacional, le toca observar un mundo regido por un puñado de hombres fuertes que centralizan el poder y solo se sientan a negociar entre ellos.
Al frente de la Cancillería al final de la gestión del presidente Luis Lacalle Pou, este ingeniero de formación y también exministro de Industria, Energía y Minería llama a no dejarse arrastrar sin objeciones ni negociaciones por las exigencias de Donald Trump, lanzado entre otras cosas a despejar toda competencia de su pretendida área de influencia.
“América Latina tiene que navegar entre dos potencias”, dijo a LA NACION Paganini, que estuvo en la Argentina presentando su Manual urgente para un mundo incierto, donde explora la actualidad desde un liberalismo clásico cada vez más necesario para reencauzar las relaciones de poder.
–En América Latina tenemos en estos momentos una fuerte proyección de Donald Trump, pocas veces vista. ¿Cuál es su mirada sobre esta presencia?
–A mí me gustaría retrotraerme al tema que disparó el libro que termina en esto que preocupa, que es que de alguna manera notamos una crisis en Occidente, no solo en América sino también en Europa en la democracia liberal. Y la crisis es más sobre la parte liberal de la democracia. Porque cuando hablamos de democracia liberal hablamos de un modelo de organización política que no solo sigue la regla de la mayoría, digamos, y permite, por lo tanto, elegir autoridades periódicamente, votar elecciones, etcétera, pero que también tiene equilibrio de poderes y tiene garantías para los ciudadanos. Pero cuando uno genera un Estado muy poderoso, el Estado puede avasallar a los ciudadanos, a las minorías, a las disidencias. Por eso la democracia liberal tiene toda esa parte de la independencia de poderes, las garantías, los procedimientos.
–¿Y por qué dejamos de lado el liberalismo?
–En este mundo moderno en el que estamos, estamos viendo cómo de alguna manera la velocidad de los tiempos genera cierto cansancio en toda esta cuestión de las garantías, de los tiempos, de las demoras, que la Justicia demora. A la gente la linchan por las redes antes de que el juez ni siquiera pueda opinar, y en política pasa un poco lo mismo, con los Parlamentos. Entonces se produce una especie de camino hacia una democracia presidencialista muy fuerte que pone en riesgo la parte liberal de la democracia. Vemos cómo los gobiernos de a poco quieren centralizar en el Ejecutivo muchas funciones para dar respuestas rápidas. Estamos viendo que el camino de Trump, en alguna medida, así como el de otros líderes, es un poco eso.
–Y este personalismo puede terminar en una autocracia…
–Cuando hay una institucionalidad fuerte en un país, suele suceder que se va morigerando esto, se le van generando restricciones a este accionar avasallante. Con Trump lo habíamos visto y ahora camino a las elecciones de medio término también tiene una restricción muy fuerte. En otros países con menos institucionalidad democrática se han ido consolidando autocracias, con esa visión de que en el fondo todo lo que sea reglas, garantías y demás es relativamente innecesario. A nivel internacional se ve un poco lo mismo y vemos cómo se deja de hablar del derecho internacional, se deja de hablar del multilateralismo, que tiene sus grandes problemas desde mucho antes y que por lo tanto también está desprestigiado, pero vamos a una visión donde cada líder dice “esta es mi zona de influencia” y negocia con la otra potencia. Ahí vemos el tema de Trump en América Latina. Su visión es que América Latina es su zona de influencia.
–¿Qué es lo que busca dentro de este esquema?
–La Doctrina Monroe decía “América para los americanos”. Tenía que ver no tanto con una visión imperial de Estados Unidos, sino más como una visión antiimperial de los europeos que estaban con injerencia en América Latina. Pero esa reformulación de la doctrina, que se le ha llamado Doctrina Donroe, viene a ser como reactualizar lo mismo, y creo que lo que está pensando es en la injerencia china. Se ve mucho en temas estratégicos como el Canal de Panamá, como el puerto peruano del Chancay, en los minerales críticos y demás. Ahora, el desafío para nuestros países es complejo, porque para nosotros no es viable una desconexión de China a nivel de comercio e inversiones. Tenemos que navegar entre dos potencias. Si uno tiene opciones, tiene autonomía. Si no tiene opciones y necesita mucho del otro, al final las condiciones las puede poner el otro.
–Entonces deberíamos tener comercio e inversiones de los dos al mismo tiempo, y de Europa también…
–Y de Europa, claro. Ahí es donde viene la estrategia que yo creo más inteligente para nosotros, que es la estrategia de buscar alianzas con países que piensen como nosotros. Países que piensen parecido en términos de comercio, por ejemplo. Es bastante claro que Estados Unidos tiene una política arancelaria que va completamente en contra de nuestros intereses, y además va en contra de cualquier concepto razonable de comercio en el siglo XXI. El otro día dijo que, si no le compran bananas a Brasil, Estados Unidos gana no sé cuántos miles de millones. Bueno, es una visión muy cruda del comercio. Entonces tenemos que buscar acuerdos con otros países, que nos permitan espacio de comercio libre, diversificar. Y ahí el acuerdo Unión Europea-Mercosur viene en un momento muy importante. También con los países del Tratado del Pacífico.
–Ahora navegamos en una ola de gobiernos de derecha, cuando hace unos años la ola era de izquierda, el progresismo. ¿Por qué cree que la región se volcó a la derecha?
–Lo que hay es un movimiento pendular en la política que en América Latina, salvo Uruguay, parece que se sincroniza para un lado y para el otro. El voto pendular en política es clásico. Toda la vida existió. En este mundo más disruptivo, más rápido, más de líderes fuertes, puede suceder con más notoriedad porque los cambios son más visibles, vienen más fuertes. La gente se cansa del que está más rápido, busca a otro. Polariza la política por eso. Para decirlo muy esquemáticamente, tenemos dos grandes problemas en América Latina: la inseguridad y la desigualdad. Y según cuál problema predomine o esté en la visión de la gente va a elegir a alguien que ponga orden con la inseguridad o alguien que trate de buscar políticas sociales por la desigualdad. Y normalmente la cuestión va a terminar pendulando entre esas dos visiones.
–¿La tentación autoritaria tiene que ver con el color político o con la debilidad de las instituciones?
–A mí me preocupa más el problema de la estructura de poder que la orientación. Si crece el Ejecutivo a expensas de los otros poderes, si se erosionan los derechos y garantías, entonces podemos ir a una especie de democracia mayoritarista que no es muy buena, que no es una buena evolución. Si esa democracia mayoritarista cae en manos de un proyecto autocrático, como fue el de Chávez, es un gran problema. Porque la gente que acumula, al comienzo de su gestión, un gran apoyo popular, después puede cambiar las reglas para quedarse, que fue lo que hizo el chavismo.
–¿Cómo ve la actualidad venezolana, ahora con Delcy Rodríguez y bajo el amparo de Washington?
–Lo primero es que el chavismo fue una muy triste experiencia para todo el continente. Pocas veces uno puede imaginar que en un país se vaya el 25 o 30% de la población sin mediar una guerra. Eso tiene que ser algo que ande muy mal. Y sin embargo, cuando hubo intentos de salir de esa situación, siempre había bloqueos y los gobiernos progresistas miraban para otro lado y apoyaban. Después pasa lo que pasa, viene un gobierno como el de Trump, interviene, se lleva a Maduro, se abre una esperanza de que podría haber un camino de salida y cada día que pasa se nos despierta un nuevo signo de interrogación. Porque lo que hay es el mismo chavismo gobernando de manera dictatorial, todavía con presos políticos, todavía sin una apertura democrática demasiado clara. Pero al final creo que va a terminar avanzando hacia una democracia. Para eso tiene que haber una negociación para una apertura democrática con la presencia de las fuerzas democráticas y el liderazgo de María Corina Machado, que es indiscutiblemente la líder del movimiento democrático pacífico venezolano.
–Por último, tenemos las elecciones presidenciales de Brasil a la vuelta de la esquina, entre Lula y Flavio Bolsonaro. ¿Cómo ve esa contienda?
–La verdad es que nadie sabe lo que va a pasar en Brasil. Sí vemos que se va polarizando el mapa y que se va complicando mucho con causas judiciales, con denuncias. Y eso también desgasta la política de alguna manera. Estoy seguro que en Brasil hay mucha gente que se acerca a la idea de “que se vayan todos”. Creo que Brasil tiene un problema más de base que es el desequilibrio fiscal de muchos años. Y eso no sale gratis. Cuando uno tiene déficit fiscal y tiene que emitir y emitir llega un momento que los costos de los intereses frenan la economía, y en algún momento ese problema hay que resolverlo. Después también noto que el escenario está cambiando para Brasil sobre su visión de ser el líder regional. El líder regional está debilitado. Entre otras cosas por el propio Trump, y lo que hablábamos antes, también por la orientación política diferente de Lula y de los demás gobiernos. Creo que Brasil en el fondo es tan grande y tiene tantos temas internos que a la hora de sacrificar algo en pos de su liderazgo no lo hace. Prefiere priorizar el interés de los tamberos de Minas Gerais frente al flujo de leche en el Mercosur, por poner un ejemplo. Eso es literal.
–¿Son dos intenciones que no congenian, la protección sectorial y el liderazgo regional?
–Lo que termina pasando es que su voluntad de liderazgo regional choca con poder gobernar un país tan grande y diverso y su capacidad de realmente juntar a todos atrás de un proyecto, más bien se transforma en juntarlos atrás de mi proyecto, que a veces no ha sido bueno para Uruguay, para Argentina. Ahora con el acuerdo Unión Europea-Mercosur, el escenario cambia, porque ya Brasil deja de ser la llave de nuestros mercados. Hay otros mercados. Creo que se va a reacomodar al rol regional de Brasil, que no deja de ser igual un continente y una potencia industrial y una cantidad de cosas que lo distinguen de los demás.
