
VICTORIA, Entre Ríos.— Oculto tras un puñado de árboles y surcado por un canal de servicio que alguna vez proveyó de tierra a la traza de la ruta nacional 174, el Puerto Paranacito dejó de ser un simple punto geográfico para convertirse en la arteria vital de la ganadería insular. Desde hace seis meses, lo que comenzó como un proyecto logístico de la Sociedad Rural de Victoria hoy opera como un hervidero de barcazas, camiones, barro y arreos urgentes. El agua está llegando, y con ella, el fantasma de una de las peores crecidas de los últimos años que podrían dejar incomunicados a los ganaderos de las islas entrerrianas.
La calma del río se quiebra con el rugir de los motores náuticos y los gritos de arreo a los animales que desembarcan en este pequeño puerto. Los mismos ganaderos que pasan por esta zona cuentan de la enorme logística que se está llevando a cabo en los últimos días ante la mayor intensidad del fenómeno El Niño y el agua de la cuenca del Paraná y el Uruguay. La orden en las islas es clara: sacar todos los animales antes de que sea tarde. “Es una emergencia”, dijo Emiliano Merzbacher, vicepresidente de la Sociedad Rural de Victoria, a LA NACION, que recorrió la zona. Hace unos días este medio contó que se estimaba que en la región quedaban unos 30.000 animales.
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En las islas no solo se evacúan animales, también los habitantes. La emergencia es tal que los pobladores isleños han comenzado a desmontar sus propias casas modulares para evitar mayores pérdidas. Ayer, Fernando Brasesco pisó “tierra firme” tras desembarcar de una barcaza en la que no venía solo con su hacienda: sobre la cubierta traía su casa móvil montada a cuestas. “No se puede dejar nada. El agua viene bajando fuerte desde el norte y las lluvias no van a dar tregua”, comentaban los productores y vaqueros en la orilla. La preparación comenzó días atrás, pero por ahora el movimiento en Paranacito es incesante.
El verdadero motor de esta evacuación masiva se sostiene sobre una férrea disciplina logística ideada por Merzbacher, quien pasa sus días entre el muelle, las planillas y el barro, trabajando a la par con sus hijos. Además, es productor agropecuario y tiene que mover su propia hacienda desde la isla. “Esto es el canal de servicio. De acá se sacó tierra para hacer la traza de la 174. Los barcos vienen por el canal y nosotros armamos este puerto”, explicó mientras señalaba las maniobras de acople de un camión. “Antes, para descargar en el puerto de Victoria, un barco tenía que hacer dos horas y media de ida y dos de vuelta. Hoy, en 40 minutos va, carga a una isla cercana, viene y descarga. Te mete tres o cuatro viajes en el día. La agilidad es absoluta”, completó el productor.
Para evitar cuellos de botella en los corrales del puerto y garantizar que los animales no se estresen ni sufran lesiones tanto en la carga como descarga, la regla en Paranacito es tajante: camión que no está esperando en muelle, barco que no descarga. “Si el barco llega y no tengo dónde descargar, me frena la cadena. Los dueños nos avisan a qué hora llegan, hacemos atracar la barcaza y empezamos a bajar inmediatamente”, detalló. En momentos de crisis, el manejo del ganado requiere cautela. Un movimiento en falso o el hacinamiento en los tubos de descarga de los barcos pueden derivar en animales quebrados, golpeados o ahogados. En este lugar, los dueños de la carga se acercan para evitar pérdidas de vidas en la logística.
El problema no es solamente que el agua avance, sino la velocidad con la que puede transformar las condiciones de trabajo. “A mí me gusta estar acá, me gusta trabajar con la hacienda porque es mi pasión y esto lo hice para eso. Esto lo hice con mis hijos”, expresó. En los campos cercanos al puerto, los animales permanecían en medio del humedal, rodeados de agua y pastizales anegados. La escena dejaba a la vista la dificultad de reunir la hacienda y llevarla hasta el embarcadero.
A unos 40 kilómetros, en el Puerto San Lorenzo, el más cercano a Rosario, Merzbacher también configura una red de contención ganadera y logística de descarga sobre todo en este momento de emergencia en las islas.
A metros de la manga de descarga, Matías, un productor llegado desde Nogoyá, observa detenidamente el desembarco de más de un centenar de vacunos que mantenía en el sector insular. “Trajimos más de 100 animales. Tener que mover la hacienda de golpe siempre representa una pérdida, pero no hay opción”, reflexionó mientras acomodaba los novillitos junto con sus trabajadores y transportistas que lo acompañaron a hacer el movimiento.
Aunque los precios de la ganadería ofrecen un respiro relativo frente a los costos operativos, los productores coinciden en que la logística de evacuación erosiona la rentabilidad. No obstante, aclaran que antes está la necesidad de salvar a los animales. Por otro lado, las inclemencias del tiempo de los últimos días por esta zona no dan tregua e incluso tienen que repensar estrategias en medio de las tareas de traslados, por el estado de los caminos de tierra en lo que ellos llaman “el continente”. “Llovió en la zona de entrantes y hay camiones encajados; hay que esperar a que oree un poco para poder encarar hacia los campos a donde van los animales”, relató Matías.
En este rincón de las islas, la ganadería convive desde hace generaciones con los ciclos del Paraná. Pero, según los productores, la diferencia entre anticiparse y llegar tarde se mide en animales que logran ponerse a salvo, pérdidas económicas y horas de trabajo.
