Las próximas elecciones de medio término en los Estados Unidos serán de gran importancia para nuestro país, pero no serán tan decisivas para el presidente Donald J. Trump como muchos piensan. Si bien es cierto que mantener una mayoría republicana le permitirá al presidente acelerar su agenda MAGA y consolidar las transformaciones que ha impulsado hasta ahora, mientras que un Congreso adverso dará lugar a una nueva etapa de su presidencia, con investigaciones continuas por parte del poder legislativo y un mayor protagonismo del presidente en el escenario internacional, lo cierto es que el presidente, independientemente del resultado de las elecciones, no dejará de ejercer su liderazgo sobre la política estadounidense. La pregunta es cómo se adaptará a un posible nuevo contexto político. Es por eso que en estas elecciones está en juego no solamente el control del Congreso, sino también dónde y cómo ejercerá Trump el poder durante el resto de su mandato. Podríamos estar ante el comienzo de Trump 3.0.
¿Qué nos dice la historia?
La votación permitirá renovar la totalidad de la Cámara de Representantes y aproximadamente un tercio del Senado, así como elegir a más de siete mil funcionarios estatales y locales. Las elecciones estatales y locales en un sistema tan descentralizado como el estadounidense son de gran importancia, pero en esta oportunidad me enfocaré en las elecciones parlamentarias a nivel nacional.
La historia nos da los primeros datos para anticipar escenarios. Desde que se estableció la elección directa de los senadores hace más de 112 años, el partido del presidente en funciones solamente ha conseguido ganar escaños en ambas cámaras en dos elecciones de medio término: en 1934, durante la Gran Depresión, y en 2002, después de los ataques terroristas en contra de los Estados Unidos. Son dos excepciones que confirman una regla que, si bien no es determinante, es extraordinariamente consistente: las elecciones de medio término no favorecen al partido que ocupa la Casa Blanca.
Desde 1914, el partido del presidente en funciones ha perdido, en promedio, 30 puestos en la Cámara de Representantes y 3.5 en el Senado. Aunque ambos partidos han enfrentado derrotas mucho mayores, estas cifras reflejan una clara tendencia en la política estadounidense. No hay razones de peso para pensar que los patrones habituales del comportamiento electoral en los Estados Unidos hayan dejado de operar.
Y esta vez los republicanos enfrentan un problema adicional: su mayoría en la Cámara de Representantes es particularmente estrecha. De los 435 escaños, se necesitan 218 para alcanzar la mayoría. En este momento, los republicanos cuentan con 219 y los demócratas con 214 (hay dos vacancias). Es decir, la oposición necesitaría conseguir solo cuatro escaños adicionales para presidir la cámara baja y así poder controlar todas sus comisiones y disponer de los instrumentos de fiscalización parlamentaria. Una elección que produzca un resultado promedio, según el patrón histórico antes mencionado, sería más que suficiente para lograr ese objetivo. Todo sugiere que ese va a ser el caso, por razones que explico a continuación.
En el Senado, la situación es un poco más complicada para la oposición, los cuales en este momento cuentan con 47 votos de 100. Es decir, los demócratas también necesitarían ganar cuatro escaños para tomar control de la cámara alta. Sin embargo, el contexto electoral es un poco más competitivo en el Senado que en la Cámara de Representantes, debido a la complejidad de las elecciones estatales (en comparación con las distritales) y el mapa electoral actual (uno en el que hay un mayor número de elecciones de senadores en estados tradicionalmente favorables a los republicanos, por un lado; pero en un contexto electoral más favorable para los demócratas, por otro lado). Una vez más, una elección que produzca un resultado promedio, según el patrón histórico, le daría el control del Senado a la oposición por una mayoría mínima. La evidencia sugiere que mientras más nos acercamos a las elecciones, ese escenario es cada más probable, aunque no inevitable.
¿Qué dicen los datos más recientes?
Independientemente de las fuerzas históricas antes mencionadas, las encuestas y los análisis de los estados y distritos competitivos en este ciclo electoral apuntan hacia una elección difícil para los republicanos. La popularidad presidencial no tiene solo el natural desgaste, sino el peso adicional que aporta la guerra en Irán, la inflación, las tasas de interés; todos temas sobre los que el votante trumpista tenía grandes expectativas. Precisamente por eso, la oportunidad de los demócratas podría encontrarse incluso en algunos estados y distritos tradicionalmente republicanos.
Y hay un factor adicional: una brecha de entusiasmo entre los electores partidistas que en estas elecciones favorece a la oposición. Es decir, el elector demócrata parece estar más motivado a participar que el republicano. Esta tendencia se refleja no solo en las encuestas, sino también en la cifra histórica de ciudadanos que han votado de manera anticipada, ya sea presencialmente o por correo. A solo dos días de las elecciones, más de 50 millones de estadounidenses ya han elegido. Este es un récord histórico para una elección de medio término, y un hecho que puede ser particularmente alentador para los demócratas, ya que muchas de las cifras más altas de voto anticipado provienen de estados y distritos claves para el control del Congreso; lugares en donde hace solo unos meses era difícil pensar que candidatos demócratas podrían ser competitivos.
Si bien todavía no sabemos por quién han votado estos votantes anticipados, sabemos que (1) más demócratas han votado que republicanos, (2) los independientes (aquellos que no están afiliados a ningún partido político) han indicado, en encuesta tras encuesta, favorecer a demócratas más que a republicanos y (3) en elecciones de medio término una participación electoral elevada tiende a favorecer al partido de oposición.
Esa es precisamente la razón por la que el presidente Trump ha participado en casi 30 eventos masivos de campaña en los días previos a las elecciones (y ha gastado, a través de grupos afiliados a él, cientos de millones de dólares durante este ciclo electoral): para motivar a su base electoral, la base MAGA, a votar.
En Estados Unidos, como en otras democracias, hay elecciones de persuasión y elecciones de movilización. Si bien una buena campaña electoral trata de conseguir ambos objetivos, persuadir a los indecisos para que apoyen a su candidato y movilizar a los que ya lo apoyan para que salgan a votar, algunas priorizan sus esfuerzos y recursos en el primer objetivo, mientras que otras en el segundo. Recientemente, las campañas electorales en los Estados Unidos, particularmente las campañas de medio término, se han caracterizado por estrategias de movilización. Esta elección no será la excepción. Si bien el voto de los indecisos será importante, los ganadores serán los candidatos que logren movilizar a sus bases con mayor efectividad.
Aunque todavía faltan millones de estadounidenses por ejercer su derecho al voto, y ciertamente puede haber sorpresas (acordémonos que nada es seguro en la política), todo parece indicar que, en esta ocasión, tanto en persuasión como en movilización, así como por las fuerzas históricas antes mencionadas, los demócratas van a la delantera.
¿Cuál sería el impacto de las elecciones en la gestión del presidente Trump?
Si, en efecto, los demócratas consiguen el control parcial o total del Congreso, ¿qué significaría para el presidente Trump? El Congreso de los Estados Unidos tiene dos funciones políticas: legislar a nivel federal y fiscalizar al Ejecutivo. Una mayoría de oposición disminuiría la posibilidad de aprobar leyes impulsadas por la Casa Blanca. La negociación se volvería más complicada, los acuerdos menos frecuentes y cada iniciativa tendría que superar una confrontación partidista intensa. Trump conservaría su poder de veto y lo usaría para bloquear las leyes que no sean parte de su agenda.
Al mismo tiempo, el Congreso ejercería con mucha mayor intensidad sus facultades de investigación y control. Las comisiones convocarían a miembros del gabinete y a otros funcionarios públicos, exigirían respuestas a una gran cantidad de preguntas y abrirían investigaciones sobre las decisiones del Ejecutivo. La dura confrontación que hoy vemos en medios de comunicación, redes sociales, e incluso las cortes, tendría un nuevo escenario: el Capitolio. Gobernar con una mayoría opositora representa un desafío para cualquier presidente, pero para Donald Trump, acostumbrado a imponer el ritmo de la discusión política y marcar la agenda en todo momento, podría significar un cambio en la dinámica de su presidencia, mas no en su liderazgo.
En el campo de la política interna, las órdenes ejecutivas seguirán siendo instrumentos importantes, pero de alcance limitado. Todo proyecto de ley tiene que ser aprobado por el Congreso. Debido a la polarización extrema, un parlamento de oposición implicaría una disminución significativa de la probabilidad de grandes logros legislativos para el presidente.
En materia económica, la política fiscal depende en gran medida del Congreso, que tiene facultades sobre los impuestos y el gasto público, mientras que las decisiones de política monetaria corresponden a la Reserva Federal que actúa con absoluta independencia institucional. Aunque el presidente dispone de instrumentos que van desde su poder retórico para influir en mercados hasta poderes regulatorios, no puede sustituir al Congreso ni a la Reserva Federal para determinar por sí solo las decisiones de la política económica.
La política exterior, en cambio, ofrece un escenario distinto.
El diseño constitucional estadounidense otorga al presidente amplias atribuciones para dirigir la política exterior y ejercer las funciones de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Si bien no son atribuciones ilimitadas, el Ejecutivo dispone de una libertad de acción muy superior a cualquier otra dimensión de la política pública.
Veremos entonces a Trump 3.0. Un presidente que ve bloqueada su agenda de política interna y económica seguramente se enfocará en aquello en lo que conserva mayor margen de acción. En el caso del presidente Trump, esa posibilidad se fortalecerá por su estilo y su inclinación a las negociaciones directas. La política exterior se convertirá, por lo tanto, en el principal escenario de su presidencia por los próximos años. Veremos, entonces, a un presidente más enfocado en las relaciones entre Estados Unidos y otros países.
Aquellos que creen que ya han visto todo por parte del presiente Trump deben estar preparados para ver mucho más. Un presidente decidido a transformar la manera en la que se hacen las cosas, tanto en Estados Unidos como en otras partes del mundo, no se va a dar por vencido por tener que enfrentar obstáculos legislativos. Un Congreso de oposición le pondrá frenos, pero no lo va a poder parar por completo (acordémonos que ya enfrentó a un Congreso de oposición en la segunda mitad de su primer gobierno).
Lo mismo podemos decir del poder judicial, el cual sin duda frenará algunas de sus acciones, pero apoyará a otras, como ya lo ha venido haciendo. La opinión pública y la prensa podrían poner frenos adicionales, pero un presidente que no puede ir a la reelección (y que ha enfrentado a la prensa permanentemente durante toda su presidencia) tendrá una mayor disposición de ir en contra de ambas cuando lo considere necesario.
A dos días de las próximas elecciones, el resultado sigue abierto, aunque cada vez se ve más claro. Una mayoría republicana permitiría al presidente avanzar su ambiciosa agenda de transformación interna. Una victoria demócrata, en cambio, generaría múltiples investigaciones del Ejecutivo y aceleraría el protagonismo internacional de su gestión. Independientemente del resultado, hay una certeza: Trump no es un presidente dispuesto a administrar pasivamente ni un solo día de su mandato. Con o sin mayoría en el Congreso, buscará consolidar su legado y fortalecer el liderazgo de los Estados Unidos.
Al presidente Trump le queda mucho camino por recorrer y, en ese camino, lo único cierto es que seguirá generando controversias y dando de qué hablar. Si alguien cree que el resultado de las elecciones de medio término será suficiente para detenerlo, podría llevarse una sorpresa.
*El autor es empresario, estratega político y de políticas públicas y ex alto funcionario gubernamental de los Estados Unidos. Es el Director Fundador del Centro Adam Smith para la Libertad Económica de la Florida Internacional University.
