De escapada de fin de semana a nueva vida en Chapadmalal

De escapada de fin de semana a nueva vida en Chapadmalal
De escapada de fin de semana a nueva vida en Chapadmalal

Chapadmalal huele a sal y a pasto húmedo. A tierra viva. Aquí el campo no termina: se transforma. Los verdes se apagan de a poco hasta volverse arena, y la arena, espuma. Hay algo profundamente sereno en ese encuentro. En este paraje de la costa argentina Adriana Hernández y Jorge Gabarain encontraron su lugar en el mundo.

Vista de la casa con un cantero formal contra ella y un cantero bien suelto por delante

Al principio, el campo era apenas un paréntesis. Un lugar al que se llegaba los fines de semana, como quien se asoma a otra vida sin animarse del todo. La ciudad seguía siendo el centro, y la idea de habitar ese paisaje abierto parecía lejana, casi ajena. Hasta que la pandemia corrió los límites y lo que era refugio ocasional se volvió destino.

Adriana y Jorge, hacedores del jardín

Todo empezó con un cantero. Un gesto mínimo, casi tímido, junto a un cedro que ya estaba ahí, esperando. La casa era inhabitable, pero alcanzaba con un mate bajo su sombra para quedarse un rato más. Desde ese punto fijo nació la idea de mirar, de admirar, de quedarse. Después vino la matera, la casa, y sin darse cuenta, el arraigo.

Una vista más abierta del lugar donde conviven canteros más trabajados, árboles añosos y el campo

Su primer jardín fue en Otamendi, el pueblo natal. Pequeño, aprendido a fuerza de cursos tomados en Villa Ocampo. Luego vino Mar del Plata y la vida en departamento, donde el verde se redujo a un balcón. El campo apareció después, pensado al principio como proyecto productivo: poner la tierra en condiciones para la plantación de nogales, una idea nacida de la charla con un amigo de Jorge que los cultivaba más al sur. “Hace dos años que los nogales crecen de manera orgánica en unos 7500 m². No es fácil: la bacteriosis da trabajo, exige atención constante. El sueño es certificar el cultivo”, cuenta Adriana. Pero entre la planificación y la espera, el jardín se fue colando como necesidad vital, como lenguaje propio.

Jorge, su perra India y sus nogalesEl boulevard de ingreso flanqueado por cedros del Himalaya (Cedrus deodara)

En su andar por ese amplio terreno campestre, algo antiguo despertó. La jardinería no llegó como novedad, sino como reencuentro. La conexión venía de lejos: una madre jardinera, abuelas de manos verdes, un padre gran plantador de árboles. La memoria vegetal estaba ahí, esperando las condiciones justas para brotar.

Recorrido entre romeros, salvias, sedums y gramíneasEl molino junto al cantero con budleias, salvias,
dalias

Hay un sector del terreno que se corta apenas una vez al año. El resto del tiempo crece a su antojo, libre. Allí trazaron un recorrido suave, casi secreto, que conduce a una pequeña placita rodeada de nogales y castaños añosos. Adriana la camina como quien entra siempre por primera vez. “La idea de la pradera surgió porque el espacio es grande, por el beneficio de la presencia de insectos y por no tener que mantenerlo constantemente. Dejamos un día sin cortar el pasto y nos encantó. Plantamos salvias, rosas, perovskias, gramíneas y agapantos, hicimos reparos. Es sorprendente ver las aves y los insectos que atrae —dice—. Todos los años es un lugar distinto. Me hace muy feliz recorrerlo”.

Primer plano del cantero con salvias, phlomis, dalias, calamagrostis, panicum, entre otrasEl ingreso a la huerta entre rosas, romeros, aromáticas y clematis

El jardín se fue haciendo de a poco, a fuerza de ensayo y error, de probar y volver a intentar. Quizás suene a lugar común, pero parece que ese es el verdadero método, la valía, la esencia. Se trata de aceptar los ciclos, de dar la bienvenida a los cambios o, más bien, saber que allí reside la sabiduría del jardinero. Cuando pensamos que hemos entendido la naturaleza, nos volverá a sorprender con su resiliencia, su capacidad de adaptación. “Mi jardín esta constantemente cambiando, el aprendizaje es continuo, el ensayo y error es un gran aliado”, afirma Adriana.

En la acacia, un nido donde habitan
los pájaros de la zona. Macetas en viejos piletones de chapa y varios elementos típicos de campo dan al lugar su esencia campestreLugar de trabajo de Adriana, donde realiza nuevas plantas para luego llevar a los canteros o la huerta

También hubo un poco de ayuda de los que más saben. Quería privacidad, un resguardo verde que la abrazara sin imponer formas, y en ese deseo apareció Stella Costantini con ideas que sembraron dirección. Después vinieron los viajes, los cursos, las preguntas y el aprendizaje paciente, acompañado por el grupo Jardín Mar del Plata–Tandil, guiado por Ignacio Van Heden. Con la generosidad constante de amigos jardineros y paisajistas, siempre dispuestos a aconsejar, el espacio empezó a encontrar su propio pulso: orgánico, libre de estilos, sostenido por el ritmo natural de las lluvias y un riego apenas necesario.

Detalle de las herramientas y de la original pared que tiene el lugar de trabajo de Adriana

El mantenimiento es simple: sacar yuyos, podar, observar, incorporar arena de a poco. Ahora, por idea de Jorge, el jardín suma un nuevo proyecto: flores de corte, para seguir celebrando el ciclo.

En el cantero se destacan las flores de dalias y persicarias

Todo se disfruta más cuando llegan los amigos, cuando el jardín se comparte. Y detrás de cada logro está el apoyo incondicional del marido que acompaña, banca y hace posible. “Soy jardinera, soy feliz”, leyó alguna vez. Y en ese reflejo simple y verdadero, se reconoce por completo.