
En la basílica de San Lorenzo in Lucina, una de las iglesias más aristocráticas del centro histórico de Roma, el arte y la política colisionaron de una forma casi surrealista. Lo que debió ser un rutinario trabajo de mantenimiento para reparar las humedades en una capilla dedicada a los Saboya —la dinastía que reinó en Italia hasta 1946— se convirtió en un debate nacional sobre el culto a la personalidad, la custodia del patrimonio y los límites de la devoción. El detonante: una figura angelical cuyo rostro guarda un parecido inequívoco con la actual primera ministra italiana, Giorgia Meloni.
La polémica estalló este fin de semana cuando el diario La Repubblica reveló las imágenes del fresco en la Basílica, situada a un paso del Palacio Chigi, sede del Gobierno. Desde entonces, la iglesia se convirtió en destino de curiosos, periodistas y cámaras de televisión nacionales e internacionales, ansiosos por comprobar si el querubín que sostiene el mapa de Italia junto al busto de Humberto II de Saboya —último monarca antes de la proclamación de la República en 1946— tiene efectivamente los rasgos de la líder ultraderechista.
La propia Meloni no tardó en reaccionar con su habitual estilo irónico. “No, definitivamente no me parezco a un ángel”, escribió en sus redes sociales, restando importancia a un asunto que, sin embargo, alcanzó dimensiones que van mucho más allá de lo anecdótico.
El responsable del milagro artístico —o del sacrilegio, según se mire— Bruno Valentinetti, un restaurador autodidacta de 83 años que vive en la sacristía de la basílica y que cada mañana se encarga de abrir las puertas del templo. Valentinetti aseguró haber realizado el trabajo “como voluntario”, a petición del párroco monseñor Daniele Micheletti, como forma de agradecimiento por su hospitalidad. Según su versión, empleó dos años en completar la restauración, concluida en 2023, tras detectarse daños por filtraciones de humedad.
“Me limité a calcar el perfil que ya existía”, se defendió Valentinetti, quien negó rotundamente haber retratado a la primera ministra. El restaurador, que también realizó el fresco original en el año 2000, sostiene que simplemente reprodujo las características de aquella primera versión, deteriorada por el paso del tiempo.
Don Micheletti, el párroco, declaró a la agencia Ansa que efectivamente solicitó a Valentinetti reproducir los frescos “exactamente como estaban antes”. Admite ver “cierta semejanza” con Meloni, aunque confiesa no saber explicarla. “No entiendo tanto revuelo. Antiguamente los pintores incluían de todo en los frescos, incluso Caravaggio pintó el rostro de una prostituta”, se justificó el religioso en un ejercicio de contextualización histórica que no convenció a nadie. Y añadió, quizá temiendo las consecuencias: “No quiero que se vea a la parroquia como meloniana”.
La oposición, como era previsible, vio en el episodio una oportunidad de oro. Irene Manzi, del Partido Democrático, exigió la intervención de la Superintendencia de Roma y el restablecimiento del fresco a su estado original, invocando el código de bienes culturales italiano. Los parlamentarios del Movimiento 5 Estrellas se declararon “atónitos” y reclamaron esclarecimiento de responsabilidades.
El Ministerio de Cultura, atrapado entre el arte y el artificio, ordenó una inspección técnica.
Pero la intervención más contundente llegó del Vaticano. El cardenal vicario Baldassarre Reina tomó distancia de las declaraciones del párroco y expresó su “amargura por lo sucedido” en un comunicado que no dejaba lugar a ambigüedades: “Las imágenes de arte sacro no pueden ser objeto de usos inapropiados o instrumentalizaciones”.
El vicariato de Roma ha anunciado que iniciará “de inmediato las investigaciones necesarias para verificar las eventuales responsabilidades de los sujetos involucrados”, lo que podría tener consecuencias para la dirección religiosa de la basílica.
Mientras las autoridades buscan en archivos fotografías o bocetos del fresco original, este miércoles apareció en redes sociales una imagen que supuestamente muestra el ángel antes del restauro, con rasgos claramente diferentes. Un portavoz del Vaticano fue tajante: “El original definitivamente no era así”.
Ante el escándalo, Valentinetti finalmente cubrió el rostro polémico. Según declaró, actuó “porque me lo pidió el Vaticano”. Pero el octogenario restaurador no se rinde: “Que me demuestren que era diferente. No existe documentación de cómo era antes”, declaró al Corriere della Sera, donde añadió con sorna que le han propuesto pintar también a Elly Schlein, líder de la oposición: “Si me lo pide, ¿por qué no?”.
