El candidato que nadie pidió: El experimento Puccini

El candidato que nadie pidió: El experimento Puccini
El candidato que nadie pidió: El experimento Puccini

En una nueva señal que agita —y desconcierta— la dinámica política de Rosario, el gobernador Maximiliano Pullaro volvió a posicionarse públicamente con una definición que cayó mal en amplios sectores del oficialismo: aseguró que le gustaría que Gustavo Puccini sea el próximo intendente de la ciudad.

La declaración no solo sorprendió por el nombre elegido, sino por el contexto en el que se produce. Pullaro, cuya relación con Rosario nunca terminó de consolidarse electoralmente, parece insistir en una estrategia que, lejos de acercarlo al electorado local, profundiza su desconexión con la realidad política y social de la ciudad. En términos concretos: Rosario le sigue siendo esquiva.

Los números —según coinciden distintos sondeos que circulan en ámbitos políticos— no son favorables para el gobernador en el territorio más importante de la provincia. Si hoy fueran las elecciones, Pullaro no encabezaría las preferencias. Por el contrario, quedaría relegado a un tercer o incluso cuarto lugar, en un escenario donde sus adversarios aún ni siquiera mostraron todas sus cartas. El desgaste de su gestión empieza a hacerse sentir, especialmente en una ciudad golpeada por el ajuste, que muchos ya consideran incluso más severo que el impulsado por Javier Milei a nivel nacional.

A ese clima se suma una relación cada vez más tensa con sectores clave del Estado. Los trabajadores públicos vienen marcando distancia, y la policía —pieza central del discurso de seguridad del gobierno— muestra signos de malestar ante salarios que no acompañan las expectativas generadas. En ese contexto, la jugada de instalar un candidato propio en Rosario abre más interrogantes que certezas.

La principal pregunta que sobrevuela la rosca política local es directa: ¿por qué bendecir a un dirigente de bajo perfil, que además no es rosarino y carece de historia política en la ciudad? La figura de Puccini no logra, al menos por ahora, generar volumen propio en un territorio donde el conocimiento del pulso urbano suele ser determinante.

Más aún cuando dentro del propio espacio existen nombres con recorrido y aspiraciones explícitas. María Eugenia Schmuck hace tiempo blanqueó su intención de competir, mientras que Ciro Seisas también aparece como una figura con ambiciones concretas sobre el Palacio de los Leones. A ellos se suman dirigentes como Gabriel Chumpitaz o Federico Lifschitz, que acompañaron a Pullaro en su camino a la gobernación y hoy no encuentran lugar en este esquema.

Incluso genera ruido la relación con el actual intendente, Pablo Javkin. Aunque Pullaro no cerró la puerta a una eventual reelección, sus movimientos recientes parecen ir en sentido contrario. En menos de quince días, el gobernador impulsó decisiones que impactan directamente sobre el javkinismo: frenó la figura del viceintendente, dilató la ley anti trapitos —una bandera que venía trabajando el sector de Seisas— y ahora instala un candidato propio sin consenso interno.

Desde el entorno de Javkin, la incomodidad es evidente. La pregunta que se repite es simple: ¿cuál es la urgencia de lanzar un nombre sin arraigo local, cuando el escenario todavía está abierto y requiere construcción política, no imposición?

En paralelo, en los pasillos de la política rosarina se escucha una reflexión que resume el clima: “¿Para qué voy a votar a alguien que no es de acá?”. La frase expone una tensión latente entre renovación y pertenencia, pero también deja en evidencia el riesgo de apostar por figuras sin identidad territorial en una ciudad que valora —y mucho— el conocimiento de su propia complejidad.

La jugada de Pullaro, lejos de ordenar, parece haber abierto un nuevo frente interno. Y en una Rosario atravesada por problemas urgentes y un electorado cada vez más exigente, imponer nombres desde arriba puede no ser solo un error táctico, sino una señal de desconexión política difícil de revertir.