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Por Mauro Yasprizza.
Argentina perdió una final, pero no perdió su historia. El partido que había que ganar, el que tenía una carga emocional distinta, se ganó frente a Inglaterra. Lo de ayer ante España podía pasar. Pasó. Dolió. Pero no alcanza para borrar todo lo que construyó esta selección bajo la conducción de Lionel Scaloni.
Una derrota no puede pesar más que ocho años de alegrías, de reconstrucción y de identidad. Mucho menos cuando enfrente hubo un rival de enorme jerarquía, con juventud, talento y una idea de juego consolidada. Argentina compitió hasta el final. No le alcanzó, pero volvió a estar donde todos quieren estar y casi nadie logra llegar.
El fútbol tiene esa crueldad. Obliga a elegir un ganador incluso cuando los dos equipos hicieron méritos. Durante días se analiza una final, se buscan responsables, se cuestionan cambios y se discuten planteos. Es parte del juego. Lo que no debería entrar en discusión es el legado de esta generación.
La Scaloneta dejó de ser solamente un equipo. Se convirtió en un sentimiento popular, en una manera de creer y en una historia compartida entre jugadores e hinchas. Recuperó una selección que estaba golpeada, la hizo campeona y volvió a llevarla a lo más alto. Ganó la Copa América, la Finalissima, el Mundial y aprendió a competir en cada escenario, incluso en los más difíciles.
Scaloni construyó todo eso sin grandes discursos. Con trabajo, con equilibrio y con la capacidad de formar un grupo que entendió que la camiseta estaba por encima de cualquier nombre. Incluso cuando tuvo a Lionel Messi, el mejor de todos, supo armar un equipo alrededor suyo y no una selección dependiente de un solo hombre.
Y Messi es Messi. No hace falta buscar demasiadas palabras. Llegó a este Mundial con 39 años, volvió a conducir al equipo y demostró que su presencia sigue cambiando los partidos, los rivales y la esperanza de todo un país. Tal vez haya sido su última gran función con la selección. Tal vez no. Eso lo decidirá él.
Lo concreto es que Argentina volvió a jugar una final del mundo. Y llegó hasta allí después de haberlo ganado todo. Ese dato no puede transformarse en costumbre, porque no lo es. Las finales se disfrutan, se sufren y algunas veces se pierden. El error sería creer que llegar es una obligación.
Habrá tiempo para renovar nombres, corregir errores y pensar en el futuro. Habrá jugadores que se despedirán y otros que deberán tomar la posta. También llegará el momento de discutir si el ciclo necesita cambios o si todavía tiene energía para continuar.
Pero hoy la mirada debería ser otra. Esta selección no merece reproches rápidos ni condenas exageradas. Merece reconocimiento. Porque volvió a emocionar, volvió a competir y volvió a poner a la Argentina en el centro del fútbol mundial.
España se llevó la copa. Argentina se quedó con una herida. Pero el legado sigue intacto.
La final se perdió. La historia, no.
