En una sociedad líquida que va de reel en reel, hoy es momento de recordar a Javier Mascherano

En una sociedad líquida que va de reel en reel, hoy es momento de recordar a Javier Mascherano
En una sociedad líquida que va de reel en reel, hoy es momento de recordar a Javier Mascherano




Por Nicolás Carugatti

El Mundial de Brasil 2014 no fue solo una final perdida por un suspiro; fue la génesis de un proceso sísmico que terminó pariendo a la generación de futbolistas más exitosa de nuestra historia. En aquel ecosistema de presión asfixiante, un sanlorencino se paró en el medio de la cancha y absorbió toda la tormenta. Ya no era el jugador que Diego Maradona había inmortalizado en su famosa frase: “Mascherano y diez más”. Era, simplemente, el capitán que sostenía el sueño de todo un país.

Mientras Lionel Messi, nuestro abanderado eterno, desplegaba su magia —la misma que nos sigue maravillando hoy, a sus 39 años, en la antesala de nuevas glorias—, el equipo se enfrentaba a desafíos tácticos y emocionales que rozaban el límite de lo posible. Aquella Argentina de Sabella, que ayer parecía reflejarse en los espejos de nuestra historia más reciente, se batió a duelo contra el poderío europeo con una sola moneda de cambio: el coraje.

Fue allí, en ese tiempo reglamentario que terminó en un cero a cero eterno, donde ocurrió el milagro de la voluntad. Esa salvada colosal de Javier —una barrida que pareció desafiar las leyes de la física y el dolor— le valió que el mundo entero se pusiera de pie para aplaudir. No era solo un corte defensivo; era un mensaje de supervivencia.

Mascherano tuvo una carrera que cualquier deportista soñaría con escribir en sus diarios íntimos. Con un dato que, a la distancia, sigue pareciendo una locura: debutó en la Selección mayor antes de pisar el césped de la primera de River Plate. Fue el elegido por todos, desde Bielsa hasta Guardiola, para ser el termómetro del equipo. Pero antes de las luces de Europa y los estadios colmados, estuvo el sacrificio.

Javier salió con un bolso de su casa, siendo apenas un niño, para habitar pensiones como la de Renato Cesarini o la de River. Sebastian Domínguez, su colega de batallas, lo definió mejor que nadie: “Era muy difícil en los vestuarios; te roban, la presión de todos para llegar los hace un lugar muy hostil”. Esa hostilidad fue el crisol donde se forjó su carácter. Y esa misma esencia es la que Lionel Scaloni rescató cuando, en una conferencia de prensa, definió a sus jugadores como “indios”: guerreros acostumbrados a que, desde los 7 u 8 años, el mundo entero les exija ser perfectos. Ellos saben, como nadie, resistir el peso del cielo sobre los hombros.

Hoy, en medio de una sociedad líquida donde la historia se devora y se olvida entre reel y reel, donde el análisis se reduce a un fragmento de diez segundos, me parece imperioso detener el tiempo. Es necesario recordar a Javier Mascherano. No como un recuerdo estático, sino como un animal competitivo que construyó su destino a fuerza de esfuerzo puro, sin atajos.

Duele, a veces, que el periodismo deportivo —tan afecto a la crítica fácil cuando el resultado no acompaña— no le haya otorgado a Javier el lugar que merece en el Olimpo de nuestro fútbol. A menudo se lo minimiza, olvidando que fue él quien arengó desde las sombras, quien fue el escudo de los talentosos y, sobre todo, una parte central, indispensable y fundacional de esta generación dorada.

Javier no fue solo quien gritaba; fue quien puso el cuerpo para que otros pudieran ser héroes. Y es hora de que, al repasar nuestra historia, lo ubiquemos donde corresponde: en el centro de la escena, como el arquitecto de la gloria que hoy disfrutamos.

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