Las preguntas que no se hacen y el riesgo de encerrarse en su propio relato

Las preguntas que no se hacen y el riesgo de encerrarse en su propio relato
Las preguntas que no se hacen y el riesgo de encerrarse en su propio relato

Lo de las últimas horas no fue un hecho aislado. Fue una confirmación. El gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, volvió a montar una escena cuidadosamente diseñada: periodistas elegidos, preguntas previsibles y un discurso sin fisuras. Nada librado al azar. Nada que incomode. Nada que lo obligue a salir del libreto.

No fue una conferencia de prensa. Fue, lisa y llanamente, un dispositivo de comunicación controlada.

Y ahí es donde aparece el problema de fondo. No es una cuestión de formas. Es una cuestión de fondo institucional. Cuando un gobernador decide hablar sólo con quienes no lo interpelan, lo que está haciendo no es comunicar: está blindándose.

Pullaro parece haber tomado una decisión política clara: construir un relato sin interferencias. Un relato donde todo funciona, donde los conflictos son menores o ajenos, y donde las preguntas incómodas directamente no existen. Pero la realidad —la de la calle, la de los trabajadores, la de la propia política— no se deja editar tan fácilmente.

Porque mientras el gobernador habla de armado nacional, de un “centro” que se proyecta al 2027 y de un modelo económico que “empieza a crujir” en referencia a Javier Milei, en su propia provincia hay ruido. Y mucho.

Hay trabajadores estatales que no llegan a fin de mes. Hay promesas de campaña incumplidas. Hay tensiones que el relato no puede tapar.

¿O acaso alguien le preguntó por qué insiste en sostener a José Goity tras una gestión que genera más cuestionamientos que resultados? ¿O por qué ahora aparece Gustavo Puccini orbitando Rosario, después del fracaso de otras apuestas políticas en la ciudad?

Rosario, justamente. Ese territorio donde Pullaro todavía no logra hacer pie del todo en términos electorales. Ese lugar donde el voto no termina de acompañarlo como él esperaba. ¿Nadie le preguntó por qué?

También aparecen interrogantes en el terreno político. ¿Por qué tensionar el frente provincial empujando acuerdos nacionales que incluyen a sectores que hasta hace poco eran considerados un límite, como los vinculados a Mauricio Macri? ¿Cuál es el costo de esa estrategia para una coalición que demandó años de construcción y equilibrio?

En seguridad, el silencio es aún más preocupante. Se insiste con la idea de orden, de control, de situación encauzada. Pero puertas adentro de la fuerza policial lo que circula es otra cosa: malestar, incertidumbre y la sensación de que el conflicto está latente. Que puede estallar en cualquier momento.

Y después está la doble vara. Porque Pullaro no duda en opinar sobre la política nacional, en señalar casos como el de Manuel Adorni, en marcar posicionamientos. Pero cuando se trata de los temas propios —como el caso Dolzani o las denuncias por sobreprecios en compras oficiales— el silencio es absoluto. Selectivo. Conveniente.

Incluso su insistencia en subir al ring a Omar Perotti tiene más de cálculo que de análisis. Lo necesita como rival. Lo necesita vigente. Pero omite algo clave: gobernó en condiciones mucho más favorables que su antecesor. Con mayor respaldo legislativo, sin pandemia, con herramientas que antes no estaban. Y, además, con la posibilidad de reelección habilitada por quienes hoy señala.

Nada de esto parece formar parte de la agenda del gobernador cuando elige a quién escuchar.

Porque de eso se trata: de elección. Pullaro ya no es aquel dirigente accesible, que atendía llamados a cualquier hora y que buscaba micrófono para explicar su posición. Hoy es un gobernador que filtra, que selecciona, que decide quién pregunta y quién no. Y, sobre todo, qué se pregunta y qué no.

Eso no es fortaleza. Es debilidad.

Es la señal más clara de un poder que empieza a incomodarse con la realidad. Que prefiere la comodidad del aplauso antes que el riesgo de la interpelación.

Y ahí es donde la pregunta deja de ser periodística para volverse política: ¿qué pasó con aquel Pullaro que hablaba con todos? ¿En qué momento decidió que la crítica era un problema en lugar de una herramienta?

Porque gobernar no es administrar silencios. Es dar respuestas.

Y si no está dispuesto a hacerlo cara a cara, al menos debería animarse a algo más básico: responder las preguntas. Aunque sean incómodas. Aunque no tenga todas las respuestas.

Lo contrario —seguir refugiado en ese esquema de comunicación cerrada— no sólo empobrece el debate público. También lo aleja de la gente que lo puso donde está.

Y en política, ese tipo de distancia se paga. Siempre.