Matías Mayer: de cómo fue trabajar con Oscar Martínez a su pasión por la astrología y al restaurante que abrió en Madrid

Matías Mayer: de cómo fue trabajar con Oscar Martínez a su pasión por la astrología y al restaurante que abrió en Madrid
Matías Mayer: de cómo fue trabajar con Oscar Martínez a su pasión por la astrología y al restaurante que abrió en Madrid

A Matías Mayer, de 35 años, le gusta “diversificar” sus curiosidades y habilidades. Dentro de su profesión se consolidó en las tablas del teatro musical y brilló en ficciones como Historia de un clan; Argentina, tierra de amor y venganza; Iosi, el espía arrepentido y Barrabrava, y por fuera de la actuación encontró su camino en la astrología y, recientemente, como empresario gastronómico con la apertura de Ancho, un restaurante en Madrid que montó junto a otros socios y donde Susana Giménez celebró sus 82 años a fines de enero.

“Siempre trato de buscar otras cosas que me gusten”, cuenta a LA NACION durante la presentación de El último gigante, la última película de Netflix hecha en la Argentina donde se dio el lujo de protagonizar junto a Oscar Martínez en un elenco que incluye a figuras como Inés Estévez, Luis Luque y Silvia Kutika, y donde repitió pareja con Yoyi Francella, con quien había trabajado en la serie Millennials. El film escrito y dirigido por Marcos Carnevale narra la historia de Boris (Mayer), un guía turístico que trabaja en las Cataratas del Iguazú y que ve tambalear su mundo cuando su padre (Martínez), que lo abandonó 28 años atrás, regresa inesperadamente a su vida.

¿Qué fue lo que más te atrajo de esta historia cuando leíste el guion?

-Me pasó algo bastante instintivo. Lo que suelo hacer cuando recibo un guion es tratar de ponerme en el lugar del espectador y me pasó lo mismo que, creo, le va a pasar a la gente cuando vea la película, que es que terminé muy conmovido. Es muy difícil que esta historia no te atraviese, porque es una temática sumamente universal y nos llega a todos de alguna medida u otra. En todo lo que sean películas vinculares, yo tengo un pie dentro porque es lo que me gusta ver y actuar.

-Como actor, ¿de qué modo se indaga en estos sentimientos de dolor y de enojo tan profundos? En este caso, producto del abandono paterno que sufrió tu personaje.

-Cuando se tratan temas tan profundos, tan extremos, hay una constante contradicción que me parece que está muy presente en cualquier ser humano. En estos casos, más todavía porque ponen en jaque distintas cosas que uno siente a la vez y que no son compatibles entre sí. Uno cuando ve la película, quizás, dice “yo hubiese reaccionado distinto”, pero, en definitiva, se trata más del proceso que transita el personaje que de ver si están bien o mal las decisiones que tomó y cómo reaccionó. Sí había algo que me parecía que Boris tenía que tener que era esa fragilidad emocional. Debajo de toda esa coraza con la que se lo ve al principio había un niño muy herido que creció y armó su personalidad en función de tapar ese dolor y de protegerse de su entorno que, en algún momento, lo lastimó mucho.

-¿Cómo te llevas con el perdón y con las segundas oportunidades?

-Bien, la verdad es que me tocaron vivir situaciones donde, quizás, me sentí traicionado o de golpe me sentí vulnerado y entonces dejás pasar el tiempo. También, estudiando astrología aprendí que hay mucho de ese ejercicio de tratar de ver la imagen global y de no cerrarse en “esto me pasa a mí, me lo hicieron a mí”. Es lo que hablamos con Marcos y Oscar sobre el vínculo entre Boris y Julián, que uno hace lo mejor que puede, a veces se manda mil cagadas y no se justifica eso, pero hay que entender que, a veces, esa persona no lo hizo contra vos, sino que hizo lo que pudo. Desde ese lado, me parece que no tengo problema con pedir perdón ni tampoco con decirlo, con hablarlo. Siento que Boris es mucho más cerrado porque es lo que aprendió, no sé qué hubiera hecho yo en esa circunstancia.

-¿Cómo se descomprime cuando filman escenas tan dramáticas?

-La verdad es que el clima del set fue siempre muy alegre y distendido. Yo tampoco soy del estilo de que si tengo que hacer una escena dramática necesito oscuridad. Trato de encararlo mucho desde el juego, hay algo del entrenamiento, de que se pueden tocar fibras rápidamente y después entregarse a lo que pasa con el otro. No me sirve ponerme súperdenso y tenso, porque puedo hacer una toma así y después termino agotado.

-Hablemos del elenco que te tocó.

-Soy muy fanático del fútbol y siempre digo que es como que te pongan a jugar con Messi, las chances de que hagas un gol son altísimas porque él te va a dejar el pase listo para hacerlo. Acá pasó lo mismo, tenía escenas con Oscar, con Inés, que son con los que más compartí, y ya con estar presente, con estar permeable, tenés un 50 por ciento del trabajo hecho porque ellos vuelan.

-¿Qué aprendizaje te llevás de ellos?

-En general, cuando estoy con gente con este nivel de trayectoria y de experiencia, me gusta mucho ver cómo trabajan, cómo se preparan antes de las escenas, qué hacen, cómo dicen, cómo ensayan, porque me interesa absorber eso. Oscar, no estoy diciendo nada nuevo, es un actor del carajo y tiene una precisión que pocas veces vi. Me llamaba la atención porque lo maneja como una perilla a medida de lo que quiere, tiene un control del instrumento increíble. Inés tiene una capacidad lúdica que propone constantemente; Silvia, una sensibilidad tan auténtica, tan suya, y Pipo [Luque] lo mismo, te mira dos segundos y te genera algo inexplicable. Y con Yoyi el vínculo fluye automáticamente, tengo tanta confianza que hay mucha permeabilidad para crear, para jugar, para proponer. Y el líder del equipo, Marcos Carnevale, con quien nunca había trabajado y es buenísimo porque te da mucha paz, tranquilidad y contención para trabajar. La pasé bárbaro en el rodaje.

-Parte del rodaje fue en Iguazú. ¿Las escenas de Boris manejando la lancha o la camioneta como guía turístico las hiciste vos?

-Era yo en gran parte. Después, había cuestiones de seguridad por las que, obviamente, lo tenía que hacer alguien que sabe, sobre todo más cerca de las cataratas. Pero, en la mayoría de las tomas, era yo con un guía ahí cerquita, por las dudas. Es algo de lo que no me voy a olvidar nunca. El paisaje, para mí, es un personaje que te condiciona en el buen sentido. Esta historia en la ciudad no hubiese sido lo mismo, la energía es distinta. En la Argentina tenemos locaciones y ambientes para lo que quieras y una de ellas son las cataratas, que te dejan completamente hipnotizado. Nosotros estuvimos tres o cuatro jornadas, todo el día metidos ahí, y decís “no puedo creer que estoy trabajando”.

Rodaje de El último gigante

Su primer amor

-¿Cuál es el siguiente paso que te gustaría dar en tu carrera?

-En algún momento me gustaría producir algo, historias propias, cosas que yo quiera contar. Esto de las historias de vínculos, muy humanas, que no tengan grandes condimentos, que sean simplemente algo que pasa todos los días en la vida de cualquier persona, pero que, como es tan cotidiano, pasa desapercibido. Lo que sí, no me veo como director audiovisual porque siento que es una capacidad que no tengo, la de prestar atención a tantas cosas a la vez, me parece un trabajo maratónico. Admiro mucho a los directores por eso. Quizás, en teatro sí me veo dirigiendo.

-En su momento no quisiste quedarte encasillado como el actor de los musicales…

-Me fui al otro extremo, no hice más musicales.

-¿Hace cuánto que no hacés?

-Hace ocho años. Tampoco estoy haciendo teatro, justo vino una seguidilla de mucho rodaje.

-¿Te gustaría volver?

-Sí, me gustaría. Extraño el teatro, pero sigo haciendo clases y eso, aunque claramente no es lo mismo que hacer función, me genera la sensación de tener al teatro más presente. Me gustaría, pero no estoy apurado, no es que lo quiero hacer ya, se va a dar cuando tenga que dar. Me encanta, es mi primer amor.

Entre sus próximos proyectos, Mayer tiene la miniserie Gordon (Netflix), un thriller basado en la novela homónima de Marcelo Larraquy, protagonizada por Rodrigo de la Serna y con la dirección de Pablo Trapero y Pablo Fendrick

-Estamos en una época en la que hay poca ficción audiovisual en el país.

-La verdad es que me considero muy afortunado porque tengo un montón de compañeros que no están con trabajo. También soy consciente, porque me ha pasado un montón de veces, que hay épocas donde tengo trabajo y épocas en las que no, por eso uno agradece mucho y lo valora cuando sí lo tiene. Después, siempre trato de buscar otras cosas que me gusten. Hace poco abrí con otros socios un restaurante en Madrid, Ancho, donde me encargo más que nada de la comunicación, aunque estoy pendiente de todo y viajo cada tanto.

-¿Fue por los vaivenes de la actuación que abriste el restaurante?

-No, fue por curiosidad, que es parte de mi personalidad, y porque no me gusta dedicarle todo a algo, sino diversificar. Y también me distiende para esto. Hay épocas en las que estoy filmando a full y otras en las que estoy mucho más tranquilo y prefiero poner la energía en otra cosa y no estar en la neurosis de pensar “¿qué hago?”.

El año próximo lo encontrará con el estreno de Crimen desorganizado

-En esto que te gusta diversificar también estudiaste astrología. ¿En qué la aplicás en tu vida?

-Lo aplico en la manera de entender la realidad, de entender la vida. En los personajes, muchas veces me ancla para entender ciertas cosas. Ni siquiera entender, pero me da lugar a crear de manera más amplia. Al ser un lenguaje simbólico, me da más texturas y matices que si yo dijera que el personaje es aventurero. Es una cuestión más interna, probablemente no se den cuenta, pero a mí me ayuda a la hora de crear y de buscar distintos colores dentro de un personaje.

-A nivel personal, ¿qué te ayudó a aprender o a entender de vos mismo?

-Un poco lo que te hablaba de las contradicciones internas que tenemos dentro de nuestra personalidad. Y desde el lado de la aceptación propia de entender que soy de tal manera y también soy de tal otra. Quizás, antes eso se peleaba mucho más internamente y la astrología me ayudó a ir integrando. Sigo, es un trabajo de toda la vida, pero sí me ayuda a mirar más para adentro que para afuera, a dejar de echar culpas por lo que me pasa y asumirlo.

-Y pensar que antes de todo esto estudiaste y te recibiste de la carrera de Administración de Empresas…

-Tenía 18, 19 años y definitivamente fue más una búsqueda de seguridad que otra cosa. A la mitad de la carrera, que ya estaba actuando, me di cuenta y dije: “Claramente no va a ir por acá”, pero mi testarudez no me dejó largarla antes de terminarla.