
Que un presidente visite una escuela y dé un discurso político a los alumnos es algo más que inusual en nuestros tiempos. No ocurre en ninguna democracia. Tampoco, que yo sepa, en las autocracias: demasiado grosero. Javier Milei confunde el Estado mínimo con el Estado ético. Su Estado no se limita a establecer lo que es lícito según la ley, sino que pretende establecer lo que es bueno y busca promoverlo. Es el Estado catequista, lo opuesto al Estado liberal. El Estado liberal es la cancha donde se juega con reglas iguales para todos. El Estado ético es dueño de la cancha, establece las reglas y compra al árbitro.
A Milei le encanta dar sermones. Les ha tomado gusto a las cadenas nacionales. Predica su fe incluso cuando debería representar a todos los argentinos. Que siga los pasos marcados por otros no es una excusa. Para alguien que prometió un cambio, caer en tanto desparpajo patrimonialista –el Estado soy yo, hago lo que me da la gana– es un agravante.
¿Y el contenido de su alegato? Su primer caballo de batalla fue la cruzada contra el marxismo. ¡Vaya tema original! Como enemigo, sabe a yogur vencido. Hay muchas formas inteligentes y convincentes de criticar a Marx. Milei eligió la más inconsistente: la religión. Podría haberse ayudado recurriendo a quienes al marxismo le han dado golpes letales: Kołakowski, Aron, Popper, Von Mises. En cambio, lanzó los insultos de siempre, evidenciando una mediocridad desarmante.
Marx, gritó, era un satanista “en contra del programa de Dios”. Da risa. Sobre el “programa de Dios” me abstengo: no sé qué es ni cuándo Milei fue nombrado su portavoz. Pero si un satanista es un ateo filosófico, me autodenuncio: yo también lo soy y conozco a otros. Nos salen llamas por la nariz cuando hay luna llena. Si no respeta a las personas, al menos respete su inteligencia.
La relación entre el marxismo y la religión es más compleja de lo que cree Milei. ¿Por qué en los países católicos hubo grandes partidos comunistas? ¿Cree que millones de trabajadores estaban poseídos por el demonio? ¿Que mi mamá, obrera a los catorce años, había leído los Grundrisse? En la vulgata marxista, muchos reconocieron el ethos religioso de los padres. El comunismo es una herejía cristiana, para muchos teólogos. Así como Milei blande la Biblia contra el marxismo, los teólogos de la liberación encontraron en ella su fuente. Y, al igual que él, la utilizaron para convertir a la juventud.
Marx creció en Tréveris en un ambiente impregnado de religiosidad. Se volvió ateo, pero, de forma consciente o no, ese legado impregna toda su obra. La lucha de clases es una transposición secular del Evangelio de Mateo: “Los últimos serán los primeros”. La fórmula “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades” se inspira en los Hechos de los Apóstoles. La liberación del “yugo” de la explotación evoca el libro del Éxodo, narración salvífica tanto para judíos como para cristianos. El “parto” del socialismo de entre los dolores del capitalismo imita a la Carta a los Romanos de Pablo de Tarso. Todo ello, claro, en clave secular, social y materialista. El mismo socialismo marxista, una sociedad sin Estado como la mileísta, es una especie de Reino de Dios en la tierra. Podría seguir.
El segundo tema estrella de Milei es el capitalismo. Nunca había leído una sacralización tan acrítica y triunfalista. Ni siquiera de niño en las tiras del Tío Rico. Para Milei, el capitalismo no es una creación humana y, por tanto, imperfecta: es un orden divino, “el único sistema en consonancia con la ley de Dios”. Ley cuya interpretación se arroga, insensible al ridículo, el monopolio. ¿Quiere convertirlo en la nueva religión de Estado?
“Capitalismo”, en resumen, significa todo y nada; hay capitalismos buenos y capitalismos pésimos,
Para hacerlo, tendría que explicarnos qué es el “capitalismo”. No es algo obvio. El capitalismo no es un sistema coherente de prácticas y valores. Ni un proyecto. Y mucho menos un proyecto de Dios. Es un fenómeno histórico espontáneo que adopta formas diversas según los contextos culturales, institucionales, geopolíticos y religiosos. “Capitalismo”, en resumen, significa todo y nada. Hay capitalismos buenos y capitalismos pésimos, y el de Milei no solo no es la única variante, sino que dudo de que sea la mejor.
Pero, ¿de verdad es fruto de la revelación “judeocristiana”? Es un insulto a los historiadores de la economía. Desde San Ambrosio hasta San Agustín, los padres de la Iglesia aborrecían la riqueza y predicaban la comunión de bienes. Según el metro de Milei, eran comunistas. Lo que hoy llamamos capitalismo surgió de la revolución cultural desencadenada por la Reforma de Lutero. No tanto, como sostenía Weber, por la ética protestante, sino porque la Reforma, como enseña Joel Mokyr, fragmentó a la cristiandad e introdujo el pluralismo religioso, padre del pluralismo político y de la circulación de ideas que antes se castigaban como herejías.
De ese pluralismo surgió la revolución científica, que sacudió la cosmología bíblica. La filosofía y la economía se emanciparon de la teología y los ciudadanos, poco a poco, de los reyes y del clero. Fueron los hombres quienes lo hicieron, no Dios. El liberalismo surgió de la aspiración al autogobierno y a mejorar el propio destino. Las raíces del capitalismo no se encuentran en el mundo de lo sagrado, donde Milei las busca, sino en el mundo secular al que señala como enemigo.
He escrito en reiteradas ocasiones que la poderosa influencia del catolicismo, en su mayoría antiliberal, tiene una enorme responsabilidad en el declive económico argentino. Por lo tanto, se supone que debería alegrarme de ver a Milei alabar el capitalismo. Pues no. Milei quiere convertir el “mito de la nación católica”, un mito anticapitalista, en el “mito de la nación judeocristiana”, un mito turbocapitalista. Ambos son dogmas de fe, imponen unanimidad, son intolerantes ante la competencia entre ideas y ante la visión laica que alimentó el progreso. Busca la solución justo donde está el problema. Como dijo Voltaire: donde hay una sola religión, se cierne el despotismo; donde hay muchas, se vive en paz. A los estudiantes, Milei les dijo lo contrario: no llamó “adversarios” a los “enemigos” para no otorgarles “una estatura moral que no tienen”. Una clase antidemocrática.
Hay algo peor que hacer las cosas mal. Es hacer mal las cosas correctas. Porque al hacerlo, se dará a entender que estaban mal y será difícil convencer a la gente de que se podrían haber hecho mejor y de que habrían beneficiado a todos. La Argentina necesita una cultura capitalista. Pero pensar en imponer como fe lo que depende de la razón no la generará.
