
Aliados (2013-2014) fue una de las tiras juveniles que marcaron un antes y un después en la televisión argentina. La ficción creada por Cris Morena buscaba dejar un mensaje con una trama que aún toca las fibras más íntimas: un planeta que está al límite por el egoísmo y la desconexión. Frente a esto, la fuerza creadora del universo elige a seis jóvenes muy conflictivos y perdidos para cambiar el destino del mundo. Venecia Buker era una de ellas; un alma proveniente de planos superiores que debía descender a la pesadez de la Tierra, olvidar su naturaleza luminosa y aprender a sentir como humana, con la misión de sanar heridas y amar en medio del dolor.
María Eugenia Martínez, conocida como Jenny Martínez, fue quien le dio vida a aquel personaje místico. Con sus inconfundibles rulos y ojos expresivos, la actriz se instaló rápidamente en la memoria de toda una generación. Hoy, 13 años después del estreno de la serie en la que compartió elenco con Peter Lanzani, Oriana Sabatini, Agustín Bernasconi y Julián Serrano, entre otros, el tiempo parece no haber pasado para ella. Sin embargo, se encuentra en otro momento de su vida, muy distinto a aquel con el que supo darse a conocer. Con una agenda ajetreada, Jenny (32 años) se hace un lugar entre paciente y paciente para dialogar con LA NACION.
Desde 2019, Jenny Martínez es psicóloga de chicos, adolescentes y jóvenes adultos. “Estuve varios años sin ejercer porque me daba un poco de cosa”, se sinceró sobre aquel momento, el cual le costó romper el hielo para ejercer la carrera por la que se había preparado durante años. Aunque para quienes la veían en la televisión, la elección de alejarse y dedicarse a la psicología resultó ser sorpresiva, se trató de un deseo que tenía incluso desde antes de formar parte del éxito de Cris Morena. “Desde la secundaria decía que quería estudiar psicología y me pasó que cuando empecé a audicionar para Aliados, yo acababa de empezar a estudiar”, aseguró.
Y continuó: “En un momento fue un poco decidir qué hacer, si seguir, si no seguir, porque las grabaciones eran intensas, el laburo era intenso. Y cuando quedé en el casting, dije: ”Bueno, ya fue, arranco. Estaba haciendo ahí el CBC en la UBA, cursaba de noche. Entonces arranqué todo al mismo tiempo”.
Si bien no abandonó completamente la carrera, el ritmo frenético de las grabaciones la obligó a espaciar la cursada. “Como seguí actuando, aflojé un poco… El segundo año hice una materia anual nada más porque fue el año que también hicimos teatro, entonces los ensayos eran hasta los sábados, todo muy intenso”, indicó.
Ese ritmo avasallante no solo se reflejaba en los tiempos, sino también en la calle. Pese a que recuerda aquella experiencia con cariño, el proceso tuvo un costado oscuro y demandante. “El nivel de exigencia era muchísimo, tenía que ser todo perfecto y para mí fue bastante duro de atravesar; me angustió bastante”, reconoció. Esa presión extrema empezó a teñir lo que antes era puro disfrute: “Volvía de los ensayos llorando, pensando que no era suficiente. De repente se convirtió en algo que me angustiaba”.
A ese desgaste emocional se sumó el peso de la exposición pública y la pérdida repentina de la privacidad. Salir a la calle, ir a un shopping o juntarse con amigas dejó de ser algo cotidiano: “Me empezó a agarrar claustrofobia; sentía que iba a hacer una fila y no sé… salía con mis amigas y sentía que les molestaba salir conmigo”, recordó, aunque destacó el rol incondicional de su círculo íntimo: “Mis amigas nunca me dijeron nada, eran lo más; se ponían como una barrera para protegerme”.
En 2015, al siguiente año de su participación en Aliados, fue actriz invitada en la obra de teatro El club del hit y debutó como conductora en el programa de entrevistas Fans en Vivo por el canal FWTV, junto a Coco Maggio y Micaela Vázquez, del cual permaneció hasta 2016. Un año después, volvió a la actuación para ser la antagonista principal de la telenovela juvenil Divina, está en tu corazón (eltrece), protagonizada por Laura Esquivel.
Luego del boom, siguió con clases de actuación. “Me divertía mucho, pero en la escuela el primer año hacíamos improvisaciones, el segundo monólogos y el tercero era armar una obra. A este último no llegué por el nivel de exigencia”, relató. Aquel freno le permitió replantearse su vocación y poner las cosas en la balanza: “Pensaba: ‘Che, esto me gusta, pero no sé si es mi pasión como para bancarme esta exigencia’. Pensaba que si fuera lo mío, diría: ‘Bueno, dale, corregime y decime todo porque es lo que quiero hacer en mi vida’. Pero me di cuenta de que no era para tanto”. La revelación dolió, pero abrió una puerta necesaria: “Entonces ahí, con mucha terapia, empecé un poco a correrme y a separarme”.
En medio de ese torbellino, la vida le demostró que nunca es tarde para volver a retomar eso que a veces se deja en stand by. Es que aquella chispa por la psicología —que se le encendió de pequeña al enterarse de que la mamá de una amiga era psicóloga, sumado a su interés por los documentales de criminalística— siempre estuvo ahí. “Mi plan era ser psicóloga forense, aunque después nada que ver porque me empezaron a gustar los niños”, sintetizó.
Una vez que Martínez retomó sus estudios, nunca más los soltó. “Los primeros tres años los hizo bastante tranquila y los últimos tres fueron intensos, con la tesis en el medio y pasantías. Hice la carrera en siete”, sintetizó sobre aquella etapa de esfuerzo y perseverancia. Un trayecto que no transitó sola: cursar a la par de su mejor amigo Fede —también actor— le permitió encontrar el sostén necesario para coordinar los tiempos y no bajar los brazos.
A la par de su consolidación como terapeuta, la música funcionó como su gran cable a tierra. Desde hace casi tres años forma parte de Los Netars, un proyecto musical con el que toca en bares en vivo y con quienes sacó también temas propios, un espacio de autogestión y disfrute que le permitió mantener encendida su veta artística sin la presión de los grandes medios.
Aunque su vida hoy transcurre lejos de los flashes, su pasado televisivo de vez en cuando reaparece en el consultorio. Pacientes de entre 20 y 30 años —que crecieron viéndola en la pantalla— suelen reconocerla, e incluso algunos la contactaron a través de su cuenta de Instagram para empezar terapia. “Al principio dije ‘No sé’, pero después fue como ‘bueno, ¿por qué no?’”, aseguró.
Hoy en día, atiende bajo un esquema híbrido que pronto mutará por completo a la virtualidad. ¿El motivo? En diciembre se mudará a Bariloche junto a su novio, con quien está en pareja hace dos años. “Me estoy yendo a hacer toda mi agenda virtual”, contó y se refirió a los nuevos límites sobre su práctica: “Ya sé que por un tiempo los voy a dejar de atender porque tengo pacientes muy chiquitos, así que más que nada intentaré mantener virtual a los adolescentes y jóvenes”.
Sin embargo, la mudanza no significa un cierre definitivo con el consultorio físico. Una vez instalada y adaptada al sur argentino, Martínez no descarta volver a la presencialidad. “En un momento no me copaba mucho la virtualidad, pero ahora un poco me entusiasma, por lo menos por un año. Yo estoy haciendo un posgrado también, que es en Buenos Aires, y tengo que venir una vez por mes el año que viene. Entonces, hacer por lo menos un año virtual me garantiza más tranquilidad para ir y venir”, reconoció sobre esta nueva etapa que comenzará a fin de año.
Aunque la psicología es lo que hoy la mantiene activa, su talento para el escenario sigue intacto. Además de seguir vinculada a la música, no descarta la posibilidad de volver a actuar, pero bajo sus propias reglas y priorizando el disfrute por encima de todo. “A veces siento que mi profesión choca un poco con el nivel de exposición. Ahora estoy un poco más amigada con eso, pero no sé si volvería a la televisión, siento que eso es mucho. Lo que sí haría es algo que me entusiasme, que me divierta y que no sea una exigencia”, cerró, fiel a su estilo, sus creencias y sus valores.
