
Pelo brilloso, dientes impecables, sin pulgas ni garrapatas. Así apareció una tarde en la localidad de Pacheco, en la provincia de Buenos Aires. Movía la cola a quien pasara por su lado, quizás en un intento de buscar el cariño que alguna vez había conocido.
“Tenía familia. De eso no tengo dudas”, explica Cristina Chardon, quien no pudo seguir de largo y esa tarde y detuvo la marcha del auto en el que viajaba para ayudar a la perra. “Y esa familia, por la razón que sea, la descartó como si fuera un sillón viejo que ya no sirve. En algún momento fue chiquitita y supo entretener a alguien. En algún momento durmió calentita y tuvo mimos. Por eso su abandono duele más que otros que tuve la desgracia de presenciar”.
Es una realidad, pero existe un umbral de riesgo para miles de perros: el momento en que dejan de ser cachorros. Cuando el animalito chiquito y “tierno” que entretenía a la familia crece, demanda más espacio y ya no resulta “tan gracioso”, muchos deciden que su tiempo en el hogar terminó. Dejan de ser un miembro de la familia para convertirse en un estorbo.
“El perro se mueve en el universo de los afectos. Para un perro, su familia es el sol alrededor del cual gira una galaxia de aromas, paseos y rutinas que le dan identidad. Cuando esa presencia se extingue por el capricho de quien se aburrió de su alegría, su mundo no se desordena: se apaga por completo”, dice Sergio Moragues, abogado y director ejecutivo de El Campito Refugio, donde hoy viven 400 perros, entre los que se encuentran cien con discapacidad.
Y continúa: “El primer síntoma del abandono es la incredulidad. Durante mucho tiempo, se instala en sus ojos una mirada fija y húmeda —esa misma mirada con la que los padres que han perdido un hijo esperan lo que nunca regresará—, convencido de que todo es solo un malentendido. Los etólogos hablan de ansiedad y apatía, pero en el lenguaje del corazón de un perro abandonado significa que se convierte en un fantasma de sí mismo. Su mapa del mundo, construido sobre la lealtad a los que el ama se disuelve sin que el pueda olvidarlo nunca más”.
Aunque el caso de Berta, la perra que Cristina había rescatado horas atrás reflejaba a la perfección el fenómeno del abandono selectivo, había un matiz que volvía su caso todavía más doloroso. Cuando apareció en la calle, no tenía el biotipo del perro callejero castigado por el tiempo. Al contrario: Berta lucía impecable.
La paradoja del canil
Días después, la realidad de Berta cambió drásticamente. Pasó del living de una casa a la fría geometría de un canil. Ese era el único espacio que Cristina logró conseguir para ella. A pesar de los pedidos de tránsito, nadie estuvo dispuesto a sacar a la perra de su nueva y triste realidad.
Tiene su abrigo polar para combatir el invierno, sus comidas a horario y paseos diarios. Pero también pasa muchas horas sola.
Llegó a ese lugar por una triste constante que se repite: son muy pocos los que están dispuestos a involucrarse. “Nadie ofreció transitarla. Nadie se apiadó de su carita”, lamenta quien le salvó la vida. “Yo hago lo que puedo, tengo seis perros a cargo y una de ellas está muy enferma. Pero a pesar de estar abrumada y sobrepasada, no pude mirar para otro lado. Porque siempre ‘algo’ se puede hacer. ¿Es la situación ideal? Obviamente que no, eso lo tengo clarísimo. Pero por lo menos Berta está fuera de peligro. No está en la calle”.
A pesar del encierro y del desconcierto de haber sido expulsada del único mundo que conocía, Berta no guarda rencores. Su capacidad de resiliencia es, de hecho, lo que más impacta a quienes la conocen.
“La psicología de un perro quebrado solo se reconstruye a través de la paciencia obstinada de un nuevo afecto, una liturgia diaria de caricias lentas y palabras susurradas al oído, como si se tratara de conjurar un maleficio antiguo”, dice Moragues con la experiencia que lo respalda.
Una alegría que contagia
Berta tiene un imán especial. Su alegría de vivir es un motor que no se apaga y que contagia a todos a su alrededor. A pesar de todo lo que pasó, ella sigue moviendo la cola y agradeciendo. Su principal característica es que ¡siempre está contenta!
“Saber de este caso me hace pensar en la banalidad absoluta. Solo puede abandonar de este modo gente completamente rota. Gente completamente prescindible. El mundo no los necesita porque esa gente anda rompiendo a los demás”, reflexiona con dolor Moragues.
Con apenas un año y medio de vida —la edad justa en la que se consolida el carácter de un perro—, Berta demostró ser una compañera ideal: es sumamente dócil, se lleva a la perfección con otros perros y gatos, camina con tranquilidad en sus paseos y siente una devoción especial por los niños y los juegos con la pelotita.
Ya se encuentra castrada, vacunada y lista para reescribir su historia. Está en zona norte, pero sus rescatistas se encargan de trasladarla sí o sí al domicilio de quien decida demostrarle que el amor verdadero no tiene fecha de vencimiento.
Más información: para transitar, adoptar o ayudar a Berta, contactarse con Cristina Chardon en su cuenta de Instagram.
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