“Un día en octubre”, el libro que reúne 40 historias de quienes se convirtieron en héroes ante el ataque de Hamas

“Un día en octubre”, el libro que reúne 40 historias de quienes se convirtieron en héroes ante el ataque de Hamas
“Un día en octubre”, el libro que reúne 40 historias de quienes se convirtieron en héroes ante el ataque de Hamas

A tres años del ataque terrorista de Hamas contra Israel, la editorial Libros del Zorzal publicó Un día en octubre, una obra de 408 páginas que reúne 40 historias vinculadas a las víctimas. El libro, publicado el 2 de octubre, fue escrito por los israelíes Yair Agmon y Oriya Mevorach a partir de entrevistas con personas que sufrieron las consecuencias del ataque el 7 de octubre de 2023.

Hamas y otros grupos armados palestinos lanzaron un ataque contra el sur de Israel. La ofensiva comenzó alrededor de las 6.30 de la mañana, durante la festividad judía de Simjat Torá, con el lanzamiento de miles de cohetes desde la Franja de Gaza. Al mismo tiempo, combatientes atravesaron la barrera fronteriza usando explosivos, vehículos, motocicletas, parapentes motorizados y embarcaciones.

Los atacantes ingresaron en comunidades civiles, bases militares y rutas de la zona. Entre los lugares afectados estuvieron los kibutzim de Be’eri, Kfar Aza, Nir Oz, Nahal Oz y Kissufim, además de las ciudades de Sderot y Ofakim. Uno de los episodios más graves ocurrió en el festival de música Nova, cerca del kibutz Re’im, donde fueron asesinadas 364 personas y alrededor de 40 fueron secuestradas.

En total, el ataque dejó alrededor de 1200 muertos, en su mayoría civiles, y 251 personas fueron secuestradas y trasladadas a Gaza. Entre las víctimas hubo israelíes y ciudadanos extranjeros. El regreso de los rehenes con vida fue la principal lucha de Israel desde aquel día.

En total, el ataque dejó alrededor de 1200 muertos, en su mayoría civiles, y 251 personas fueron secuestradas y trasladadas a Gaza

La propuesta de Agmon y Mevorach reconstruye esas 24 horas a través de las voces de sus protagonistas. Los relatos están escritos en primera persona y fueron elaborados a partir de las transcripciones de las charlas. Según explican los autores, utilizaron las propias palabras de los testigos para conservar la autenticidad y espontaneidad de sus testimonios. Todos los textos fueron revisados y aprobados por los protagonistas o por sus familiares.

“Todo sucedió en un día. Un día en octubre. En nuestro momento más vulnerable, emergieron héroes”, señala la presentación del libro. El objetivo de ambos autores fue reunir historias de personas comunes que, en medio de una situación extrema, tomaron decisiones o realizaron acciones que los autores consideran extraordinarias.

Entre los nombres incluidos aparecen Yohai Dukhan, Daniel Perez, Thomas y Emily Hand, Shaylee Atari, Daniel y Neria Sharabi, Tali Hadad, Shlomo Ron, Gali Eilon, Yosif Zeadna, Amit Man, Aner Shapira, Rami Davidyan, Or Ben Yehuda, Nasreen Yousef, Yadin Gellman, Noam y Yishai Slotki, Yotam Haim y otros protagonistas.

Yair Agmon y Oriya Mevorach, autores del libro

Las situaciones que atraviesan son muy diferentes: desde personas que combatieron a los atacantes o ayudaron a evacuar heridos hasta civiles que intentaron proteger a sus familias y otros que realizaron tareas de asistencia durante la emergencia. Entre los casos mencionados, se encuentran una partera que convirtió su casa en un hospital de campaña, un voluntario de ZAKA (Identificación de Víctimas de Desastres) que se ocupó de preservar la dignidad de los muertos y un voluntario de United Hatzalah que procuró que una carta encontrada entre las pertenencias de un soldado fallecido llegara a su destinatario.

Agmon es escritor, director de cine y columnista. En 2022 recibió el Premio del Primer Ministro a la Obra Literaria Hebrea y Un día en octubre es su séptimo libro. Mevorach, por su parte, es autora de best sellers, conferencista sobre judaísmo y filosofía y editora en jefe de la división hebrea de Maggid Books.

Unos chicos están esperándome en esa fiesta: la historia de Yosif Zeadna 47 años

📍Festival Nova

Normalmente, Yom Kipur, el Día de la Expiación, es sólo para los judíos, pero en mi opinión, de ahora en adelante, el 7 de octubre —ese shabat negro— debería convertirse en un día como Yom Kipur. ¡Un Yom Kipur para todos los israelíes, no sólo para los judíos! Debería ser para cualquiera que viva y respire en el Estado de Israel —árabes, beduinos, cristianos, drusos o judíos—, porque todos lo padecimos por igual; es la historia de todos nosotros. Y tiene que ser un día riguroso el que establezcamos. Así como en Yom Kipur no se puede manejar ni comer, tienen que hacer que ese día sea exactamente lo mismo. En mi opinión, eso es lo que hay que concretar. Crear un nuevo Yom Kipur en octubre, un Yom Kipur para todos nosotros, no sólo para los judíos.

Mi nombre es Yosif, tengo cuarenta y siete años y vivo en un pueblo beduino al lado de Rahat. Estoy casado, tengo siete hijos y dos nietos, una niña y un niño. Pero me veo demasiado joven para ser abuelo; ¡nadie lo adivinaría, ja! Al principio trabajaba como encargado de mantenimiento, pero hace veinte años me di cuenta de que me encanta la ruta, me encanta manejar; por eso me atrajo el trabajo en transporte. Empecé a llevar a todo tipo de gente: chicos de escuela de comunidades de acá del sur, trabajadores que tienen que llegar a sus empleos en los kibutz, ese tipo de cosas.

Soy árabe, beduino, musulmán, israelí. ¡Y estoy orgulloso de ser israelí! De verdad quería que mi hijo se alistara en las FDI, pero cuando fue a evaluarse le postergaron el alistamiento, y se lo postergaron de nuevo, y siguieron postergándolo hasta que tuvo veinticinco años, y al final no lo dejaron ingresar. Pero yo quería que él lo lograra; lo empujé a que fuera. Mucha gente de nuestra familia sirvió en la Policía. Tenemos investigadores, detectives, gente que trabaja en el Ministerio de Educación, médicos, agricultores. Somos beduinos musulmanes. Y también somos israelíes. También somos israelíes. Mi hija mayor está terminando ahora sus estudios de enfermería, ¡sí, sí! Invertí mucho en sus estudios; también habría invertido en los de mi segunda hija, pero vi que no era tan responsable, que no estaba tan metida, entonces le dije: “Es tu decisión”. No soy de la vieja generación, la de antes; mis hijas son libres y pueden estudiar como corresponde. También les gestioné la licencia de conducir; mi esposa también maneja. Pero ellas conocen los límites; hay ciertos límites. Así funciona nuestra hamula, nuestro clan. La mayoría de los jóvenes de nuestra hamula trabajan en kibutz en los alrededores de Gaza. Si hubiera pasado un miércoles, digamos, y no un sábado, esos cerdos de Hamás también habrían matado a mi familia. Pero de todos modos sí lograron matar a mi primo; mataron a mi amigo; tomaron como rehenes a parte de mi familia. Claro que no sabía eso cuando hice lo que hice ese día. Recién después me enteré de lo que nos habían hecho.

Mi historia del shabat negro en realidad empieza la noche anterior. A las once de la noche, recibí una llamada de un grupo de jóvenes que me conocen; me dijeron: “Yossi, queremos salir a una fiesta. ¿Nos llevas al Festival Nova en Re’im?”. Respondí: “Claro, ¿por qué no?”. Entonces fui; primero pasé a buscar a unos jóvenes del pueblo de Omer, y después pasé a buscar a unas chicas del pueblo de Givot Bar, al lado de Rahat, y cuando esas chicas subieron, las miré y pensé: “Guau, no lo puedo creer, ¡yo conozco a estas chicas! Yo era su chofer del bus cuando estaban en primer grado; chicas geniales, y míralas ahora, terminaron el colegio, salieron del ejército, van a una fiesta a divertirse. Lindo”.

Llegamos a Nova, las dejé, y veo que hay muchísimos jóvenes, miles; es una fiesta enorme. Y de golpe me encuentro con un amigo mío, Abed al-Rahman Alnasarah. Estaba ahí con su van; él también es chofer; también había llevado a un grupo de chicos de la zona de Beerseba. Y Abed me pregunta: “¿Qué te parece, qué hacemos?”. Ya era la una menos cuarto de la madrugada. Dudamos de si teníamos que quedarnos allí, pero al final dijimos: “Volvamos a casa ahora; nos encontramos acá mañana a la una de la tarde y llevamos de vuelta a estos chicos”.

A las seis y algo de la mañana, mi esposa me muestra que mi teléfono no para: mensajes, llamadas, constantemente, un desastre, pero le dije: “Déjalo, no estoy trabajando, es sábado, no tengo nada hasta la una de la tarde”. Pero veo que el teléfono sigue, así que pienso que debería mirar. Atiendo y veo el nombre “Amit Hadar” en la pantalla. Amit Hadar es el chico de Omer que me contrató para llevarlo con sus amigos a la fiesta. Le contesto: “¿Sí, Amit?”, y me grita: “¡¡Yossi, sálvanos!!”. Dije: “¿Qué pasó, qué pasó?”, y me dice: “¡Sirenas, misiles, incluso hay rumores de terroristas!”. No lo pensé dos veces; me levanté de la cama, me vestí con un short; ¡se me pusieron los pelos de punta! Y aunque soy de los que nunca salen antes de tomar café, ¡ese día dejé el café! Ni me lavé la cara; me calcé las ojotas —ni siquiera zapatos—, corrí hasta mi van y me puse en camino. Sé que cuando no hay tráfico, desde mi casa tardo veinticinco minutos.

Atravieso los pueblos agrícolas, llego a Netivot y veo misiles —el cielo lleno de misiles—, y digo: “Guau, acá pasa algo raro, nunca vi tantos”, y sigo. Soy de los que lo dan todo; cuando empiezo algo, lo termino. Llegué al kibutz Sa’ad, y en la rotonda giro a la izquierda para tomar la ruta 232, y cuando doblo veo un montón de autos viniendo del otro lado, desde Nova, a toda velocidad, se cruzan unos a otros, se meten por la banquina, me hacen señas con las manos y con las luces, como diciendo: “¡Vuelve, pega la vuelta!”. Me dije: “Esto no es normal; acá hay algo”, y seguí adelante; seguí hasta llegar a Be’eri. Cuando llegué a Be’eri, un joven, judío, me detuvo: descendió del auto con dos chicas y se paró delante de mi vehículo, bajó la ventanilla y me dijo: “¡¡Hermano, terroristas!!”. Y mientras habla, escucho disparos que vienen desde Be’eri. Están disparando hacia donde estamos, de verdad, todo ese ruido fuerte… fue la primera vez que temí por mi vida. Enseguida me tiré a una zanja entre el alambrado y la ruta, junto con esos chicos. Nos quedamos boca abajo, el chico, las dos chicas y yo. Y las balas pasan por encima de nuestras cabezas, desde todos lados; levanto la cabeza y las siento silbar justo arriba, y el chico me dice: “Hermano, no levantes la cabeza, ¡te van a matar!”. Mientras tanto, mi grupo me sigue llamando; me ruegan: “Ven a buscarnos, Yossi, sácanos de acá. ¡Por favor, Yossi! ¡Ven ya!”. Estoy por irme, y otra vez el joven: “Escucha, ¡no te levantes! ¿En qué piensas? Si sales de acá, te van a balear”.

Le contesto: “Hermano, la vida está en manos de Dios; Él me dio el aliento, y Él es el único que puede quitármelo. Unos chicos están esperándome en esa fiesta y tengo que llegar hasta ellos, voy a salvarles la vida”. Me levanté de la zanja, me paré bajo fuego, corrí hacia mi minibús y volví a arrancar. La mayoría de mis amigos judíos me llaman “Yosif el Justo”, como José de la Biblia, así que pensé: “Bueno, tal vez llegó el momento de hacer algo justo”.

Entonces voy por el camino y llego al sitio de la fiesta, levanto la vista y veo algo que, lo juro, nunca voy a olvidar en toda mi vida. Encima de la fiesta veo un parapente con alguien sentado, y el parapente es de un amarillo limón, y va haciendo ochos en el aire, yendo y viniendo, disparándoles a todos desde arriba. Me dije: “Bueno, parece que este es el último día de mi vida”, y lo dije en voz alta: “La ilaha illa Allah, Muhammad rasul Allah!”, no hay más Dios que Alá, y Muhammad es su profeta. Eso es lo que dicen los musulmanes cuando se dan cuenta de que están por morir. Porque en ese instante supe —decidí— que o salía de ahí con esos chicos, o moría intentándolo.

Llego hasta la entrada de la fiesta y el tiroteo ya se había puesto muchísimo peor. Escucho que las balas pasan; lo juro, casi le pegan al auto, y estoy al teléfono con Amit, y me dice: “¡Ya voy! ¡Estoy llegando!”, y entonces los veo, veo a mi grupo de chicos. Corren y se tiran dentro del auto y me dicen: “¡¡Vamos, arranca!!”, pero después miro y distingo a alguien a lo lejos, y parece que está herido en la pierna o algo así, entonces les pido: “Tráiganlo; metamos a todos los que podamos”. Mi van es para catorce, pero metí a treinta personas.

butz Re’im. Por eso sabía que si me marchaba por la ruta, los terroristas nos atraparían. La mejor forma de escapar era a campo traviesa. Enseguida doblé a la izquierda —a mi izquierda— y me metí por los campos, y vi chicos que corrían en todas direcciones, aterrados, sin idea de adónde ir; había gritos, alaridos; conduje y conduje sin parar, y en el espejo retrovisor veía un montón de autos, siguiéndome; el caso es que, básicamente, abrí una vía de escape. Dejé la puerta de la miniván entreabierta por si teníamos que bajar de golpe, y mientras voy al volante, veo a una chica tirada en el suelo, su amiga tratando de levantarla, y ella está viva, pero no puede caminar; está herida en la pierna, la derecha; le dispararon. No entraba ni un alfiler en ese minibús, pero frené —allí mismo, bajo el fuego— y grité: “¡Chicos, levántenla! ¡Ayúdenla, levántenla!”. En ese momento la levantamos y la sacamos de ahí entre los disparos, y ella empezó a gritar, tal vez pensó que la estábamos secuestrando, entonces le dijimos: “¡No te preocupes! ¡Te vamos a sacar de aquí! ¡Ya estás en la van! ¡En los campos! Vamos a salir, ¡no te preocupes!”.

Después de eso, sigo manejando y veo una camioneta pickup llena de terroristas hasta reventar, y al lado de la camioneta hay un patrullero de la policía, están peleando, así que agarramos una camisa blanca, la sacamos por la puerta y la agitamos y les gritamos a los policías que somos israelíes (teníamos miedo de que nos confundieran y nos dispararan). Lo entendieron y nos dejaron pasar. Salimos de ahí. Pisé el acelerador a fondo; debo de haber ido a 120 kilómetros por hora por ese camino de tierra. Desde ahí fuimos hasta Urim, y de pronto un policía me frena, y le grito: “¡Soy un ciudadano israelí! ¡Tengo heridos, debo seguir!”, y me responde: “Los terroristas ya están en Ofakim. No puedes pasar: la ruta está bloqueada. El lugar más cercano al que puedes llegar es el kibutz Tze’elim”. Conozco el área y sigo hasta Tze’elim. Entro al kibutz y, como hay un guardia en el puesto de seguridad, me acerco y le digo: “Tengo dos heridos, tengo que llevarlos a la enfermería, ¿dónde está la enfermería?”, me lo indica y los llevamos allí. Desde el kibutz los trasladaron al Hospital Soroka en ambulancia, por otro camino, por una ruta donde no había terroristas

Bravo por el kibutz Tze’elim. Lo que hicieron fue increíble: había como cuatrocientas personas que habían escapado de la fiesta. Nos dieron comida, nos trajeron cargadores para los teléfonos y ofrecieron duchas a quien quisiera, para sacarse todo el polvo. Algunos se ducharon y les dieron colchones; incluso nos trajeron cigarrillos, todo. ¿Sabes qué más hicieron? Sacaron una computadora e hicieron que todos anotaran su nombre y su número de teléfono y los subieron a Facebook para que sus familias vieran que habían salido vivos, que habían llegado a un lugar seguro.

Amit Hadar entonces me dice: “Yosif, ven, escucha; no quiero que te vayas de mi lado ni un segundo. Nos quedamos juntos; pegados, ¿me entiendes? Así como hay árabes desquiciados, seguro hay algún judío desquiciado acá. Si alguien te oye hablar árabe, si alguien oye tu acento, puede pensar que eres un terrorista y matarte. ¡No te separes de mí!”. Le contesté: “No hay problema, entiendo”. De pronto se me acerca una chica agradable; también es del kibutz, y me dice: “Estoy buscando al chofer del minibús, el beduino, del que habla todo el país; apuesto a que eres tú”. Le dije: “No sé, puede que sea yo, supongo que soy yo, soy el único árabe beduino en este lugar; todos los demás son judíos”. Y me dice: “¿Sabes qué? Ven a mi casa, en el kibutz; puedes sentarte en mi living, tenemos televisión, ducha, comida, café; quédate conmigo hasta que el Comando del Frente Interno venga y libere a todos”. Y la entendí: no quería decir que tenía miedo por mí porque yo era árabe. Le dije: “Mira, agradezco tu intención, pero no voy a dejar a mi grupo acá. Los fui a buscar a sus casas sanos y salvos, y así se los voy a devolver a sus padres”.

A las tres de la tarde, el Comando del Frente Interno vino y abrió un corredor a través de la base militar de Tze’elim hasta Negev Junction y llevé por ahí a todo mi grupo. Volví a Omer, los dejé, y la verdad es que ni me di cuenta de que Amit me había tomado una foto. Después la subió a Facebook y escribió: “¡Gracias a esta persona, Yosif, estamos vivos!”, y puso mi número debajo. Cuando por fin llegué a casa, prendí la televisión y vi todo lo que pasó, todo el desastre, el fuego, los chicos asesinados, y dije: “Dios mío, acá está pasando algo demente, ¡y estuve adentro y salí vivo! ¿Cómo? ¿Cómo salí vivo?”.

Judío, no judío, a Hamás le da igual. También mataron musulmanes. Un hombre de Tel Sheva les dijo que era musulmán como ellos y le respondieron: “¡No! Para nosotros, ¡eres peor que un judío!”, y lo mataron, los muy cerdos. O el caso de una joven conductora musulmana que llevaba el pañuelo en la cabeza, el marido sentado junto a ella, los terroristas lo vieron, vieron su pañuelo; vieron que era religiosa, ¡y aun así la mataron! Pobre mujer, dejó siete u ocho huérfanos. El mayor tenía apenas siete años. A mi primo Abdul y a su esposa los asesinaron en Zikim. Según nuestra religión, el islam, en tiempo de guerra los soldados sólo pueden matar a soldados enemigos. ¡No a ancianos, no a niños, no a mujeres! Pero ellos no fueron a una guerra contra soldados; salieron a asesinar, violar y matar todo lo que se moviera, fuera judío o árabe o tailandés, ¡les daba igual! Es increíble, se comportan como animales. Así no se comportan los musulmanes. Hamás todavía me está buscando. Unos días después, recibo una llamada; veo que el código es 056, un código palestino. Atiendo, y una voz me pregunta en árabe: “¿Eres Yosif Zeadna?”, y le digo que sí; luego me pregunta: “¿Piensas que porque salvaste a treinta judíos no vamos a llegar hasta ti?”. Le dije: “Perdón, ¿quién es?”, y contesta: “Soy de Gaza”. Por Dios, no me siento cómodo repitiendo todo lo que le dije, no fueron palabras muy lindas, pero una cosa que sí le dije: “Escucha, antes que nada, ¡soy un ciudadano israelí! Y, segundo, soy un ser humano y ellos, las personas que salvé, también son seres humanos. ¡Como cualquier otro ser humano en este mundo, está bien que estén vivos!”. Después de eso, la policía bloqueó ese número y me dijo que reportara cualquier otra conversación de ese tipo. Hasta hoy, no puedo manejar por donde se me dé la gana, porque sé que hay lugares en los que podrían hacerme algo. Hay gente a la que no le gustó lo que hice. Gente mala.

Unos días después de toda la historia, me enteré de que también habían secuestrado a algunos miembros de mi familia. Un primo mío que también se llama Yosif Zeadna: él y su hija Aisha y sus dos hijos Hamza y Bilal. Todos trabajaban en el kibutz Holit, cerca de Gaza. Hamás les habló en árabe; vieron que ella llevaba pañuelo; vieron que eran musulmanes, pero igual los tomaron a todos como rehenes. Así son. No tienen Dios. Liberaron a Aisha y a su hermano Bilal, pero su padre y su hermano todavía siguen en Gaza. Yosif tiene cincuenta y cinco años, sufre de diabetes, necesita insulina. Hamza tiene veintiuno, y padece migrañas desde la infancia; también toma medicación para eso. No sé cómo aguantan esas condiciones; no sé cómo van a sobrevivir. Ni lo puedo pensar; siento que el corazón me quema. Es un fuego que me quema por dentro.

Y no puedo olvidar a mi amigo Abed al-Rahman Alnasasrah. ¡No debo olvidar jamás lo que le pasó! Tenía que encontrarme con él esa tarde; juntos íbamos a llevar a nuestros grupos de vuelta a casa. Abed fue un verdadero héroe; también llegó con su van para salvar chicos, pero fue por la ruta, no se metió por los campos, y lo asesinaron esos cerdos. Lo asesinaron, y era un héroe Abed. Anota eso en tu libro. Anota su nombre para que lo recuerden. De verdad, era un hombre santo. Nunca, jamás debe ser olvidado. Hay muchos beduinos, muchísimos beduinos, que hicieron cosas así. El problema es que la mayoría de los israelíes sólo conocen a los beduinos por las noticias, pero no puedes juzgar a una persona sin verla con tus propios ojos. Cuando vas al supermercado o al souk y hay unas cuantas manzanas o tomates malos arriba de un montón, piensas que todos están malos, que todo está podrido, pero no: hay beduinos buenos y beduinos malos, y hay judíos buenos y judíos malos; tienes que verlo con tus propios ojos. Tienes que correr la manzana podrida del cajón para ver qué hay debajo. O sea, cuál es la historia real. Personalmente, para mí no hay diferencia entre un árabe, un judío y un cristiano: todos somos seres humanos. Somos un solo pueblo, vivimos en el mismo país y no tenemos otro. Es el nuestro, para lo bueno y para lo malo. Beduinos y judíos somos hermanos. ¿Quién es nuestro padre? ¡Abraham es nuestro padre! Y si la gente pensara como pienso y viera las cosas como las veo, no habría ningún desastre en nuestro país, ninguno. De verdad, sería un paraíso. Eso es lo que pienso.