
Un hombre armado con un cuchillo entró al cuarto de Polly Klaas durante una pijamada en su casa de Petaluma, California. Amenazó a tres niñas con cortarles el cuello si gritaban, ató a las dos amigas de Polly, les puso fundas de almohada en la cabeza y a ella se la llevó. La madre dormía en la habitación de al lado.
Era el viernes 1 de octubre de 1993. Según documentó la KlaasKids Foundation, organización de defensa de menores desaparecidos creada por el padre de la víctima, Richard Allen Davis había frecuentado el parque Wickersham de Petaluma —a metros de la casa— durante las semanas previas al crimen.
El secuestro en la pijamada de Petaluma
Eran las 22.30 cuando Polly salió al pasillo y se topó con el intruso: un hombre barbudo, con los brazos tatuados, que blandía un cuchillo de cocina. Las amenazó, las ató con tiras de ropa y un cable de una Nintendo y dijo que se llevaría a Polly para buscar dinero. Cuando las niñas lograron desatarse, él ya había desaparecido con la menor.
Eve Nichol, la madre de Polly, llamó al 911 pasadas las 23. “Aparentemente un hombre se introdujo en casa y se llevó a mi hija”, alcanzó a decir.
La búsqueda movilizó a personas vinculadas con Petaluma. Winona Ryder, que había crecido en la ciudad y había asistido al mismo colegio que Polly, ofreció una recompensa de 200.000 dólares por información que permitiera encontrarla con vida. El dinero no cambió el destino de la niña, pero el caso dejó una marca profunda en la actriz.
Davis estuvo a punto de ser arrestado esa noche
Menos de dos horas después del secuestro de Polly Klaas, un Ford Pinto blanco quedó atascado en una zanja de un camino privado en el área rural de Santa Rosa, a unos 30 kilómetros al norte de Petaluma.
Danna Jaffe, una vecina de la zona, había llegado a su casa después de las 23. Allí estaba Shannon Lynch, la niñera que cuidaba a su hija de 12 años, según reconstruyó en una crónica previa de Infobae la periodista Carolina Balbiani. Las mujeres hablaron unos minutos. Shannon salió, subió a su auto y comenzó a recorrer el camino de entrada hacia la ruta.
Entonces vio el Ford Pinto.
El vehículo estaba hundido en la zanja, en medio de la oscuridad. Un hombre barbudo estaba apoyado sobre el baúl. Shannon frenó y se acercó. El desconocido le dijo que se había quedado atascado y que necesitaba una soga. Ella advirtió algo más: olía a alcohol y a suciedad, y tenía ramas y hojas entre el pelo, como si hubiera estado entre los matorrales.
Cuando ella le señaló que estaba en un camino privado, reaccionó con hostilidad. Shannon decidió irse y llamó a Danna desde un teléfono cercano. Le recomendó que avisara a la policía.
Danna estaba sola con su hija y se asustó. Se vistió rápidamente, las dos subieron al auto y salieron de la casa. Mientras avanzaban por Pythian Road, volvieron a pasar junto al Ford Pinto. Danna siguió hasta una estación de servicio y, desde un teléfono público, llamó al 911.
Dos agentes del sheriff llegaron y pidieron documentos al conductor: Richard Allen Davis no tenía orden de captura vigente.
Los policías no sabían del secuestro ocurrido 90 minutos antes en la ciudad vecina: operaban en un canal de radio distinto al de los detectives del caso. Tampoco tenían acceso en tiempo real a bases de datos que habrían revelado las condenas previas de Davis por secuestro.
Aún así sospecharon de la apariencia de Davis y de su presencia ahí, de madrugada, en un camino privado. Revisaron el interior del auto. Solo encontraron cerveza. Como Davis no estaba conduciendo, no tenían motivos para detenerlo por consumo de alcohol.
Intentaron convencer a Danna de presentar una denuncia por invasión de propiedad, pero ella no quiso. Sin esa denuncia, los policías no tenían un motivo para arrestarlo.
Anotaron los datos de Davis, llamaron a una grúa y lo escoltaron hasta la ruta.
Lo dejaron ir.
Davis confesaría más tarde que Polly seguía viva en ese momento, escondida entre los matorrales tal como él le había ordenado. Una vez que los agentes se retiraron, volvió a buscarla, condujo hacia el norte por la autopista 101 y, cerca de Cloverdale, la estranguló y la enterró en una tumba poco profunda.
Los antecedentes de Davis: décadas de crímenes sin cumplir condena
La historia delictiva de Davis comenzó a los 12 años. A mediados de los años 70 ya era temido por sus vecinos de La Honda por los robos en viviendas y sus episodios de violencia, según reprodujo Los Angeles Times. A los 17, un juez del condado de San Mateo le dio dos opciones: alistarse en el Ejército o ser internado en la California Youth Authority. Davis eligió el Ejército, pero fue dado de baja 13 meses después, tras comenzar a consumir morfina y opio, pelearse con otros soldados y acumular problemas con sus superiores.
De regreso en California, sus delitos se multiplicaron. Entre febrero y octubre de 1973 fue arrestado al menos cuatro veces por cargos que incluían ebriedad en público, resistencia al arresto, posesión de marihuana, robo de automóviles y allanamiento de morada. Muchos de esos casos terminaron con acusaciones desestimadas, libertad condicional o condenas en suspenso. Davis aprendió a negociar con el sistema: se declaraba culpable de algunos delitos a cambio de que otros, incluidos delitos sexuales, fueran retirados.
En los años siguientes, la violencia se volvió más grave. En 1975, reconstruyó Los Angeles Times, tres hombres a los que conocía de prisión le dispararon por la espalda y lo dieron por muerto. Sobrevivió y luego declaró contra ellos. Ese mismo año comenzó su primera estancia en una prisión estatal. Salió en agosto de 1976 y, menos de dos meses después, secuestró a una mujer a punta de cuchillo en una estación de transporte y le exigió que le practicara sexo oral. Ella pudo escaparse.
Tras su arresto, intentó suicidarse en la cárcel y fue trasladado al Hospital Estatal de Napa. Diez días después escapó aprovechando las deficientes medidas de seguridad. En los días siguientes cometió nuevos delitos, entre ellos entrar en la casa de una mujer y golpearla con un atizador de chimenea mientras estaba en la cama. Los informes de libertad condicional ya advertían entonces sobre su “potencial creciente de violencia” y señalaban que debía ser apartado de la comunidad.
Davis recibió una condena de hasta cadena perpetua, pero las modificaciones del sistema penal redujeron su pena y terminó cumpliendo menos de cinco años. En marzo de 1982 recuperó la libertad, pese a que la junta de libertad condicional había rechazado previamente su salida al considerar que presentaba una condición psicótica grave y que sus agresiones se dirigían con frecuencia contra mujeres.
En noviembre de 1984 volvió a delinquir. Junto con una cómplice secuestró a una mujer de Redwood City a punta de pistola y la obligó a retirar 6.000 dólares de su cuenta bancaria. Davis la golpeó con el arma durante el asalto. Recibió una condena de 16 años, pero volvió a beneficiarse de una reducción: salió de prisión después de cumplir ocho años.
Obtuvo la libertad condicional en junio de 1993, tres meses antes del secuestro. La KlaasKids Foundation señaló que en agosto y septiembre de ese año ya merodeaba la zona.
El recuerdo del hombre y el auto atascado
La escena del Ford Pinto volvería a aparecer casi dos meses después. El 27 de noviembre, mientras supervisaba trabajos de deforestación en su terreno, la vecina Danna Jaffe encontró unas calzas rojas de niña en el lugar donde había quedado atascado el vehículo. También había un buzo negro dado vuelta y un fragmento de tela blanca con forma de capucha.
Polly seguía desaparecida y aún no había ningún detenido. Danna recordó entonces al hombre barbudo que había visto aquella madrugada en la que llamó a la oficina del sheriff.
El investigador Mike McManus llegó al lugar y revisó el terreno junto a ella. Encontraron además un envoltorio de preservativo, dos trozos de correa, una botella de cerveza y unos fósforos. Todo fue enviado al laboratorio criminalístico del FBI para compararlo con las prendas y otros elementos recuperados en la casa de Polly.
Las leggings y la capucha coincidieron con las de la niña.
El 30 de noviembre Davis fue arrestado. El 4 de diciembre confesó y guió a los investigadores hasta el cuerpo de Polly, enterrado bajo un trozo de madera al sur de Cloverdale.
El juicio terminó con condena a muerte y una escena que indignó al país
El proceso se trasladó al condado de Santa Clara por imposibilidad de formar un jurado imparcial en Sonoma. El 18 de junio de 1996, el jurado declaró a Davis culpable de asesinato en primer grado con cuatro circunstancias especiales: secuestro, robo, allanamiento e intento de acto lascivo sobre una menor.
El día que fue condenado a muerte, el asesino se burló de la familia de la víctima con un gesto con sus dedos y se atrevió a decir que las últimas palabras de Polly habían sido acusaciones contra su propio padre. Marc Klaas tuvo que ser contenido.
Los dichos del acusado provocaron la reacción del juez Thomas Hastings: “Es muy fácil para mí pronunciar esta sentencia, viendo su forma de comportarse en esta sala”. Hastings lo condenó a muerte por inyección letal.
Davis permanece en el corredor de la muerte de la prisión de San Quintín, en confinamiento solitario.
Las leyes y sistemas que cambió el caso
El analista legal Steven Clark declaró a ABC7 News, canal de televisión local de San Francisco, que el caso “fue un punto de inflexión clave en el sistema de justicia penal y el comienzo del movimiento de derechos de las víctimas”.
En noviembre de 1994, California aprobó la Ley de las Tres Condenas, que establece una pena mínima de 25 años a cadena perpetua para quienes cometan un tercer delito grave con antecedentes violentos. De haber cumplido su condena completa, Davis habría seguido preso ese 1 de octubre.
Marc Klaas fundó en 1994 la KlaasKids Foundation, que asistió a más de 1.500 familias en casos de desaparición. El caso también fue clave para la adopción del sistema de Alerta Amber en los 50 estados: según Corrections1, sitio especializado en información para fuerzas de seguridad, el programa permitió recuperar a más de 1.200 menores desde su creación.
