:format(webp):quality(40)/https://rosarionuestrocdn.eleco.com.ar/media/2026/07/argentina.webp?ssl=1)
Por Mauro Yasprizza.
La Selección Argentina luchó hasta el final, se sostuvo gracias a Emiliano Martínez y dejó todo aun cuando el partido se volvió cuesta arriba. Sin embargo, España fue mejor, manejó la pelota durante gran parte de la final y terminó quedándose con el título de manera merecida.
Dibu Martínez volvió a ser una de las grandes figuras argentinas. Respondió cada vez que España encontró espacios, mantuvo al equipo con vida y nada pudo hacer en el gol. En una noche difícil, volvió a transmitir seguridad.
En defensa, Gonzalo Montiel cumplió en la marca, aunque tuvo problemas cada vez que intentó proyectarse. Cristian Romero, mientras estuvo en cancha, jugó un partido firme y mostró personalidad. Su salida se sintió. Lisandro Martínez, en cambio, tuvo dudas, perdió seguridad y sufrió demasiado ante los movimientos del ataque español.
Nicolás Tagliafico fue uno de los que mejor representó el espíritu del equipo. Corrió, metió y dejó el alma en cada pelota. Tal vez haya sido su último partido en un Mundial, y lo jugó como si realmente lo fuera.
El mediocampo fue el sector donde Argentina más sufrió. Enzo Fernández nunca logró entrar en ritmo. Se lo vio pesado, impreciso y lejos de su mejor versión. Rodrigo De Paul tampoco pudo cambiar la historia. Durante buena parte del torneo se habló de su falta de ritmo, y en la final volvió a quedar expuesto ante un rival que movió la pelota con mayor velocidad.
Alexis Mac Allister mejoró con el paso de los minutos, aunque no pudo adueñarse del juego. Nicolás González peleó cada pelota, pero casi nunca recibió con ventaja. Fue más víctima del funcionamiento general que responsable de su bajo peso en ataque.
Lionel Messi tuvo una noche marcada por el contexto. A los 39 años, en su octavo partido del torneo y dentro de un equipo que casi nunca tuvo la pelota, quedó demasiado lejos de la zona donde podía lastimar. Messi necesita entrar en contacto con el juego, recibir, pensar y elegir. Cuando Argentina logró encontrarlo, mostró que todavía podía generar algo distinto. En el segundo tiempo metió un pase brillante para Giuliano Simeone y, sobre el final, estuvo cerca de escribir otra página imposible. Esta vez, la pelota no quiso entrar.
Julián Álvarez hizo un esfuerzo enorme. Corrió, presionó, ayudó en la marca y terminó gastando más energía en perseguir rivales que en atacar. Y cuando un delantero debe ser valorado más por lo que corre hacia atrás que por lo que hace cerca del arco, algo no funcionó en el equipo. Julián fue el último trabajador de una fábrica que casi nunca pudo producirle una pelota clara.
Entre los que ingresaron, Nicolás Otamendi aportó experiencia y orden. Facundo Medina mostró personalidad y dejó la sensación de que puede tener futuro con la camiseta argentina. Giuliano Simeone entró con energía, atacó los espacios y tuvo una de las jugadas más claras de la final. Su remate afuera puede acompañarlo durante un tiempo, pero no debería tapar el coraje con el que asumió el momento.
Leandro Paredes quiso darle pausa al equipo, aunque terminó jugando demasiado de costado. En una final que pedía pases hacia adelante, le faltó profundidad. Nahuel Molina volvió a sufrir a sus espaldas. España encontró por su sector el espacio que terminó definiendo el partido, una situación que ya se había visto en otros encuentros del torneo.
Lionel Scaloni hizo lo que pudo ante las lesiones, el cansancio y la superioridad del rival. Probó variantes y buscó respuestas desde el banco, pero Argentina nunca logró quitarle el control del partido a España. El rival también juega, y esta vez jugó mejor.
El árbitro Slavko Vincic tuvo una actuación discutible. Perdonó algunas tarjetas, dejó pasar infracciones fuertes y pudo haber sido más firme en varias decisiones. De todos modos, el resultado no se explica por el arbitraje. España ganó porque fue el equipo que mejor manejó la pelota, el que tuvo mayor claridad y el que encontró el momento justo para golpear.
Argentina se va sin la Copa, pero con la frente alta. Resistió, peleó y estuvo viva hasta la última pelota. No alcanzó. España fue superior y se convirtió, con justicia, en campeona del mundo.
