El Indio estuvo en todos lados: en remeras, en pilusos, en banderas, en una matera, en forma de muñeco, en globos. Durante más de 18 horas, una multitud desfiló por el Polideportivo Gatica de Avellaneda para despedir a Carlos Alberto Solari. Las filas llegaron a superar los ocho kilómetros y, según estimaciones difundidas durante la jornada, cientos de miles de personas participaron de la despedida pública. Las puertas del predio cerraron alrededor de las 6 de este lunes.
“El Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires informa que, luego de retirarse los últimos seguidores, la familia decidió finalizar la despedida pública de Carlos ‘Indio’ Solari en el Parque de los Trabajadores en Villa Domínico, Avellaneda”, informaron autoridades bonaerenses mediante un comunicado al que accedió LA NACION.
La despedida
Ya durante la tarde del domingo, la fila había alcanzado los seis kilómetros de extensión. Y ni siquiera la llegada del anochecer hizo mella en el adiós al ídolo del rock argentino, con una multitud que pasaba el puente Pueyrredón. “Somos más de un millón de personas”, anunciaron poco antes de las 19 por altoparlante. Pasadas las 20, la lluvia tampoco ahuyentaba a los seguidores.
La procesión fue constante en Villa Domínico. Desde un balcón en la esquina abajo del puente suena a todo volumen “Un poco de amor francés”. La gente agitaba, aplaudía, cantaba. Los autos tocaban bocina. Las remeras con mitad de la cara del Indio y mitad de la de Diego Maradona se ofrecían a $25.000.
Sin inconvenientes, todos caminaban. Algunos con flores, otros con cerveza o fernet. La voz del Indio también sonaba en parlantes que llevaban los fanáticos para que los acompañaran durante la caminata.
La avenida Mitre, en este rincón de Avellaneda, se convirtió en un gran santuario. Las frases de las canciones de Solari aparecieron en banderas, carteles, cartones, pasacalles. Había familias, grupos de amigos. A la altura del 4000 ya no se podía seguir avanzando y la fila estaba frenada. Antes de eso, la procesión avanzaba, sin problemas, por un carril.
“Ahora se puso más espesa. A la mañana avanzaba un poco más, pero acá estamos con algunos que llegaron a las 9”, contaba durante la tarde Florencia Tomkiewicz, que había llegado con un grupo de amigos que se fueron encontrando a lo largo del día. “Nos conocimos en el club y hemos compartido varias ‘misas’. Cuando murió, nos empezamos a mensajear y sabíamos que íbamos a venir o que nos íbamos a encontrar como nos pasó otras veces. Son causalidades”, describió.
“El Indio es una forma de vivir. Es la historia de varias generaciones. Por eso atraviesa todas las edades y las clases sociales, a todos los clubes de fútbol. Es una gran familia, es muy movilizante porque también es eso: un recordatorio de lo que necesitamos como pueblo, que es la comunidad organizada”, agregó.
Cada tanto la ‘misa eterna’ se interrumpía con llantos desconsolados, con aplausos, con gritos de “soy redondo hasta que me muera” o “vamos Los Redondos”.
La música por momentos salía desde los balcones y rápidamente se armaban pogos. La gente se abrazaba como si se conociera y lloraba.
“Yo llegué al Indio de chico por la junta de la esquina. Los pibes más grandes escuchaban y ellos nos llevaron”, recordó Roberto. Hoy vino a despedir al ídolo popular con sus dos hijos, Ian, de 13, y Nicole, de 7. “Yo llegué a él por mi hermano, era su fan. Y también falleció”, expresó la mujer de Roberto, entre lágrimas.
“Lo venimos a despedir como tiene que ser”, sigue él, que nació en este lugar del conurbano bonaerense. “Este es nuestro barrio. Nos conocimos acá en Avellaneda”, cerró.
Nadie sabía con certeza cuánta gente podía llegar hasta Villa Domínico. Los fanáticos no dejan de acercarse, cuando ya pasaron las 18. La familia de Solari prometió que el sepelio va a continuar “hasta que haga falta”.
Convocados con inicio a las 11, los familiares decidieron abrir las puertas del Polideportivo Gatica una hora y media antes. Desde entonces, siempre de manera ordenada y sin que se registre ningún disturbio, todos pudieron ingresar hasta unos metros del espacio donde ubicaron el féretro con los restos del Indio, que fue encontrado muerto el viernes pasado en el entorno de la pileta de su casa de Parque Leloir.
La autopsia determinó que el líder de Los Redonditos de Ricota y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado falleció como consecuencia de un ACV hemorrágico. Padecía desde hacía años la enfermedad de Parkinson.
“Damas y caballeros: les pedimos que cuando les toque avanzar lo hagan con tranquilidad. Van a entrar todos, esto es para ustedes, cuídense. Mantengamos el orden y la calma. Venimos muy bien. Hay muchas familias, muchos niños. Somos parte de una historia muy importante, disfrútenlo”, pedían los organizadores luego de anunciar una asistencia estimada en un millón de personas.
Y reiteraban: “Va a entrar hasta el último de la fila. La familia garantiza que hasta la última persona va a entrar. Está muy contenta con toda la gente que vino”.
Uno de ellos, Jonathan Américo, lamentaba: “Es la última misa. Después no va a ser lo mismo, no está… Desde los 9 que lo sigo, hace 30 años. Por mis hermanas mayores, ellas me lo mostraron. Es toda una vida. Solo puedo decir: ¡gracias Indio por todo!”.
A su lado, Sandra Díaz contaba: “Yo desde los 14 lo escucho. Hoy me acordaba que mi primer novio traía un casette de Los Redondos para que escucháramos. Después, el papá de mis hijos me decía que el show no era para mujeres, pero cuando empecé a salir con él le dije que era mi sueño. 15 años después pude ir”.
“Respeten al que tienen adelante. Por favor, van a pasar todos. Valoren la oportunidad que les está dando la familia, disfruten. Este es el momento en que tiene que salir todo bien”, insistían desde los altoparlantes.
Antes de ingresar al Polideportivo Gatica, habían colocado un vallado escoltado por policías que quedó cubierto por banderas y carteles. Ahí fueron depositados asimismo varios ramos de flores, pañuelos. El encendido de velas también formó parte del ritual a medida que avanzaba la noche.
Una pantalla transmitía lo que pasaba en el interior, donde una pila de camisetas y banderas rodeaban el féretro desde la mañana del domingo.
El ingreso al lugar era constante. Por tandas, los seguidores ingresaban a despedirse de quien consideran un ídolo. Por momentos aplaudían, algunos le tiraban más banderas y camisetas. Al costado, solo había algunas sillas con personas autorizadas a quedarse.
“¿Cómo se va a morir?”, le decía una mujer de unos 50 años a su hija. Tiene los ojos rojos de llorar. “Era parte de la familia”, agregaba. A su lado, otra chica se agachaba y lloraba, mientras se agarraba la cabeza. “Está en nosotros, hija”, la consolaba su padre. Todos se abrazaban al salir.
Sin cifras oficiales por parte de autoridades hasta el momento, por altoparlante decían: “Ya pasaron un millón de personas a despedirse. Vamos a ser tres. Va a entrar hasta el último”.
“Varela, Tandil 97, Olavarría, Racing, Lanús, Jesús María, Gualeguaychú, Mar del Plata, el Único de La Plata”, enumeró Luis Jorge Arquero, de 60 años. “Yo sigo a Los Redondos desde el 89. Iba con mi banda y ahora voy con mi hijo”, agregó el hombre, que ayer fue a Plaza de Mayo.
“Cantaba lo que nos identificaba a nosotros, una generación”, definió.
“Nos vinimos a reencontrar en esta gran masa para poder festejar, acá están todos mis amigos”, dijo Matías Bentancort, de 36 años. “Más allá de que estemos de luto, obviamente. Se murió el gran capitán de todos, de nuestra infancia. Nos chocamos todos con el mismo dolor acá”, sumó.
Y cerró: “Venimos más allá de la música, con ideas, a despedirlo. Creo que ni cuando Maradona murió hubo tanta gente. Acá hay de todo. No importa la cara, clase social, hay una gran mezcla de este país. Pero hay algo que nos une: la música, las letras del Indio”.
Todo funcionó como santuario: sobre la cara del Indio que pintaron en el asfalto dejaron flores y empezaron a prender velas. Lo mismo pasó en la valla que estaba colocada en el ingreso al polideportivo. Los carteles con sus letras se multiplicaban. Cuando la música se cortaba, la gente seguía cantando a capela. “Las despedidas son esos dolores dulces”, decía la bandera blanca que colgaron en un edificio blanco sobre avenida Mitre al 4000.
